CONVIVENCIA

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Lo que podemos decidir ahora

Carlos Martín Beristain, en su artículo “El tiempo de las 7” cuenta lo que le dice una persona que trabaja con pueblos ancestrales: “Los indígenas de América del Norte, antes de tomar una decisión importante, piensan en siete generaciones que seguirán”. Seguido, Beristain hace esta reflexión:

Parece un número preciso o mítico, pero nos habla no solo del futuro sino de gente concreta que estará aquí, cuando nosotros ya no estemos. Pienso en los políticos que se creen dueños del tiempo. Que lo administran y definen la única realidad posible como la que ellos crean. La Comisión de la Verdad tiene solo dos años y un mes más de trabajo. Pero el tiempo de los indígenas nos enseña para lo que trabajamos, para las próximas siete.

Esta mirada de largo plazo es importante en el trabajo que proponemos. Las decisiones que tomemos ahora, todo lo que hagamos o dejemos de hacer, afectará a varias generaciones que vienen. Podemos elegir ahora qué verán cuando nos miren desde ese futuro. Puede que este arte japonés nos inspire esa elección:

Kintsugi (金継ぎ?) (en japonés: carpintería de oro) o Kintsukuroi (金繕い?) (en japonés: reparación de oro) es una técnica de origen japonés para arreglar fracturas de la cerámica con barniz de resina espolvoreado o mezclado con polvo de oro, plata o platino. Forma parte de una filosofía que plantea que las roturas y reparaciones forman parte de la historia de un objeto, y que deben mostrarse en lugar de ocultarse, incorporarse y además hacerlo para embellecer el objeto, poniendo de manifiesto su transformación e historia.

Cómo tienen que ser estos espacios restaurativos

Se trata de generar las oportunidades y condiciones para que se den espacios de encuentro. Estos espacios de encuentro deben basarse en la voluntariedad de sus participantes, deben ser espacios seguros, fuera del foco mediático y de las trifulcas partidistas, procesuales (dentro de un contexto), deben contar con la participación activa de personas que se han visto afectadas por nuestro pasado violento y deben ser espacios orientados a la reparación (del tejido social y las relaciones interpersonales). Un espacio de cuidado que evite y no perpetúe situaciones de violencia, busque la resolución del problema reparando los daños ocasionados y restaure las relaciones afectadas reforzando así la red de relaciones que garanticen la transformación de conflictos de la comunidad.

La preparación de estas oportunidades de encuentro genera puentes y red. Son un ejercicio también de localización de personas dispuestas a participar buscando siempre una pluralidad para que en los espacios de encuentro se topen la mayor diversidad de sensibilidades y vivencias posibles. Se teje, como las telarañas, una red improbable hasta ese momento.

El valor que tienen los espacios de encuentro locales es potente e importante. Más allá de la alta política, el ámbito local es donde se dan la mayoría de nuestros espacios cotidianos de encuentro y también de desencuentro. Debemos de recuperar la confianza entre nosotros y nuestra capacidad de encuentro para poder perder miedo también al desencuentro. El desencuentro, cuando no pierde la brújula de la dignidad humana, es un espacio de oportunidad, innovación y crecimiento.

Qué son los espacios restaurativos

Entendemos estos espacios como espacios participativos necesarios. Estos espacios, más o menos organizados forman parte de procesos más amplios donde toman mayor sentido y se nutren y aportan al mismo tiempo al propio contexto.

Tienen su inspiración en las prácticas restaurativas que poco a poco se van abriendo paso en sociedades complejas, diversas y desiguales como las nuestras, pero son prácticas que beben de culturas antiguas, prácticas ancestrales e indígenas de todo el mundo con fuerte sentido de comunidad.

Si buscamos el significado etimológico de la palabra, reconciliar viene del latín reconciliare, que se forma con el prefijo re- y el verbo conciliare, vinculado al sustantivo concilium (asamblea, reunión, unión). Es así como reconciliare en origen es hacer volver a alguien a la asamblea, a la unión y al acuerdo con otros.

Y es así como reconciliar y restaurar (las relaciones) encuentran un espacio de confluencia para la construcción responsable y compartida reparando lo dañado, reconociéndonos en el “otro”, devolviendo la dignidad al centro, trabajando por el “nunca más” y permitiendo que emerjan nuevas necesidades.

Estas prácticas buscan el desarrollo de la comunidad, así como su capacidad de manejo del conflicto y de las tensiones reparando a su vez el daño, forjando relaciones y promoviendo los lazos emocionales. Contribuyen a la comunicación afectiva (comunican los sentimientos de las personas) así como a la reflexión sobre cómo la conducta de unos afecta a los otros. Promueven la conciencia, empatía y responsabilidad.

En estos encuentros pueden participar personas que han sufrido la violencia directamente, personas que la han ejercido o apoyado, y también personas que han sido testigos o incluso distantes con el tema en cuestión. En este sentido, estos espacios no tratan de equiparar las vivencias, las distintas vulneraciones de derechos humanos y las responsabilidades. Más bien se trata de hacerse cargo: por un lado, de una/o misma/o y, por otro, de la comunidad en su conjunto. Es un ejercicio de corresponsabilidad.

Por qué hacen falta espacios restaurativos

En estos momentos, se dan tres condiciones muy sencillas:

  1. Hay personas que necesitan y quieren expresarse.
  2. Hay personas dispuestas a escuchar.
  3. Hay un contexto de distensión que facilita unir lo anterior.

Esto que parece tan obvio y simple, no se ha dado tan frecuentemente como podría parecer. El silencio autoimpuesto, la falta de confianza mutua, el miedo, los prejuicios o el simple desconocimiento de otras realidades han dificultado, por un lado, que las personas que así lo necesitan tengan medios para expresarse en un espacio seguro y, por el otro, que las personas dispuestas a escuchar empáticamente puedan hacerlo sin ser juzgados de equidistantes o incluso traidores.

Estos encuentros no son sólo posibles, sino también deseables y necesarios para desarrollar estos tres compromisos: respecto al pasado, revisión crítica; respecto al presente, reparación; y respecto al futuro, prevención.

Pasado y revisión crítica

Escuchar historias diversas de primera mano genera empatía, y esto puede activar el cuestionamiento de certezas instaladas en forma de informaciones sesgadas o creencias dogmáticas. Para quien las narra, al ser un ejercicio de creación de sentido, supone un intento de ordenar las experiencias del pasado, lo cual puede generar nuevos significados. Es decir, inevitablemente el conocer realidades distintas a las que vivimos, como poco, nos confronta con las “verdades” desde las que actuábamos y sentíamos, y resulta una invitación difícil de declinar a cuestionar lo propio para hacerle un lugar a lo ajeno.

Presente y reparación

El acto de escucha mutua parte de la base del reconocimiento de la dignidad humana (propia y la de los demás): reconocerse en el otro, y verse reconocida/o en lo más básico (que somos humanos, y merecemos respeto sólo por eso) es necesario en cualquier diálogo honesto. Este reconocimiento ya es en sí reparador, ya que la violencia del pasado se sostuvo sobre la premisa de que había causas más importantes que el respeto a la dignidad humana de todas las personas sin distinción.

Futuro y prevención

Estas experiencias nos muestran los mecanismos desde los que construimos al “otro”, cómo lo convertimos en enemigo y polarizamos las relaciones. Estos espacios nos traen consciencia sobre el trabajo preventivo permanente que debemos hacer colocando la dignidad humana y el reconocimiento del “otro” en la centralidad necesaria para una convivencia sana.  Además, las experiencias de reconstrucción de vínculos que viven las personas que participan en estos espacios tienen efectos más allá de estas; su efecto puede ser multiplicador, ya que es probable que generen y transmitan a su alrededor nuevas formas de relación mejor blindadas ante posibles condiciones que puedan volver a situaciones de violencia.

 

Reconstruyendo lo que está roto

La sociedad vasca ha avanzado mucho en su camino hacia una convivencia más pacífica tras décadas de violencia y polarización que han dejado muchas heridas: a veces en forma de pérdidas y duelos complejos, otras como heridas físicas, emocionales o incluso morales. También se han roto relaciones, grupos, comunidades y, sobre todo, confianzas.

Ante esta situación, hace décadas que se vienen dando iniciativas para intentar curar y reconstruir el tejido social. Algunas de estas iniciativas supusieron un hito por su valentía y aportación a la convivencia sin precedentes: encuentros entre víctimas de violencias de procedencia diversa, entre víctimas y victimarios, entre personas de distintas sensibilidades a nivel municipal o simplemente entre personas que de forma cotidiana no compartían los mismos espacios… En estos últimos años hemos visto cómo se reproducían este tipo de espacios, hasta el punto de que casi han dejado de ser noticia. ¿Significa esto que ya convivimos con normalidad? ¿que hemos llegado donde queríamos llegar?

El camino de construcción de la paz no tiene un final. Se trata más bien del acto de construir, de caminar, más que de llegar a algún lugar concreto. Y es que cada hito u objetivo conseguido no hace más que abrir caminos nuevos. Esto es lo que ocurre con estos espacios de encuentro: confirman que el tejido social aún está roto, que esto afecta a la cotidianeidad de muchas personas y que hacen falta espacios restaurativos para reconstruir el tejido social. Trataremos de clarificar por qué y cómo en una serie de posts.

¿A dónde nos llevan?

Las personas tendemos a seguir a las multitudes, sin examinar los méritos de una cosa en particular. Esta tendencia se denomina “efecto Bandwagon” o “efecto de arrastre”. Cuanta más gente crea en algo, más gente se unirá a dicha creencia sin tomar en cuenta las evidencias que hay detrás. Es por este efecto por lo que solemos apoyar las causas que damos por ganadoras. 

Cuando este arrastre ocurre a favor de causas justas, como por ejemplo la defensa de los derechos humanos o la igualdad de género, quizás no nos importe tanto las razones por las que la gente se ha unido. Pero no olvidemos que sigue siendo un sesgo cognitivo: un posicionamiento sin conciencia ni análisis crítico, que hacemos de forma inconsciente.

La voluntad de que las violencias sufridas en nuestra sociedad nunca más se repitan está ampliamente extendida, afortunadamente. Pero ¿hasta qué punto hemos interiorizado esa voluntad de forma profunda y crítica? ¿A qué nos compromete? ¿Por qué nos hemos unido a esta corriente?

Identificando y cuestionando nuestros propios arrastres, construiremos bases más solidas para nuestras causas justas.

Lo que nos (des)une

Con el objetivo de construir una convivencia pacífica en sociedades polarizadas, se suele recomendar poner atención en aquello que nos une. Y es que es imposible reconstruir las relaciones de una comunidad desde las trincheras. Cuando nos sumergimos en este ejercicio, nos damos cuenta de cuántas cosas compartimos con las personas que tomamos como enemigas. Así, reconociendo la dignidad del otro, se activa la empatía y se abren los caminos para sanar la relación.

Esto no quiere decir que desaparezcan las cosas que nos separan. Las diferencias seguirán ahí: seguiremos teniendo distintas ideologías, gustos, seguiremos siendo de distintas clases o lugares de procedencia, y chocaremos y tendremos tensiones. Al fin y al cabo, los conflictos son parte de ser humano. Sin embargo, a diferencia de lo que se ve en situaciones de polarización profunda o violencia, estas diferencias toman otra dimensión: no son razón para negarle la dignidad a nadie.

Aceptar todo lo que nos separa es un resultado colateral del acto de descubrir todo lo que nos une, paradójicamente. La dignidad humana, esa esencia compartida por todos los humanos, nos iguala; y también nos separa en tanto que ubica las diferencias en la naturalidad. Bienvenida sea pues la separación, cuando es resultado de unirse.

Preguntas éticas

Cada vez hay más opciones para vivir nuestras vidas de forma ética: consumo ético, banca ética, políticas éticas… Parece que nos quedamos más tranquilas/os cuando una opción lleva el apellido “ético”. Pero no es suficiente. Hacer nuestra cualquier cosa “ética” sin ningún tipo de reflexión es tramposo, ya que es la reflexión misma la clave de las opciones éticas. Es decir, la ética no es una respuesta, sino el hecho de hacerse preguntas.

Baketik define así la ética: el esfuerzo de la conciencia por responder a las exigencias que plantea el respeto a la dignidad humana. Subrayamos “esfuerzo”, ya que la clave radica ahí: hacernos preguntas, y ante las respuestas que surgan, hacernos aún más preguntas, siempre con la dignidad humana en el centro. La clave es ese proceso.

Por tanto, comprendamos cualquier cosa que lleve el apellido “ético” así: propuesta que lleva detrás una reflexión profunda a favor de la dignidad humana. No como fórmula mágica, o el reflejo del bien más puro. Sólo una de las opciones que tiene como objetivo que todos los humanos podamos vivir con dignidad.

De pasados distópicos, a futuros más optimistas (II)

No sabemos casi nada sobre el futuro. Desconocemos a qué retos, amenazas o posibilidades habrá que enfrentarse. A la hora de imaginar el futuro que deseamos, conviene tener en cuenta estas tres premisas:

  1. Vamos a convivir. Hemos vivido, vivimos y, en el futuro la inmensa mayoría de personas, seguiremos viviendo juntas. Formamos parte del mismo país y de la misma sociedad. Estamos en un mismo barco colectivo. Un barco que forma parte de una flota mayor en la que también estamos todos: el barco mundial.
  2. Tendremos conflictos. Hemos sido diferentes y somos y seguiremos siéndolo. Tenemos distintas ideas y percepciones de la realidad y de la convivencia. Tendremos que enfrentar con toda seguridad controversias, discrepancias y nuevos conflictos de convivencia.
  3. Necesitaremos seguir conviviendo. Es decir, conviviremos en conflicto, y somos conscientes de que necesitamos que siga siendo así.

Esto lo podemos hacer de varias maneras: con violencia, opresión, sin ética o cooperando, respetando la dignidad, con humanidad. Elegir una u otra opción no cambiará las tres premisas. ¿Qué vamos a elegir? ¿En qué género literario nos gustaría vivir?

De pasados distópicos, a futuros más optimistas (I)

Se llama distopía a una sociedad donde impere la falta de libertad, derechos y bienestar y la presencia de control y violencia. Es lo contrario a la utopía. (Wikipedia) Sociedades como esta suelen aparecer en la literatura y series de televisión de ciencia ficción, a menudo situados en un posible futuro. Son muchas las series de este género que han ganado popularidad últimamente.

Claro que no hace falta acudir a la ficción para conocer situaciones de este tipo: nuestra sociedad ha sido bastante distópica en el pasado. Ha conocido el control y la violencia durante décadas, sumida en un estado contrario a la utopía. No queremos más distopías, y estamos trabajando para ello, empezando por narrar el pasado oscuro. Al hecho de narrar las distopías pasadas desde un presente más pacífico lo llamamos “historia” o “memoria”, y suele tener como fin construir un futuro mejor.

Si tuviésemos que describir la situación actual de nuestra sociedad usando un género literario, tal vez se podría decir que estamos en la época de la novela histórica y el “hopepunk”, que es la ciencia ficción esperanzadora y optimista. Conocer el pasado, para trabajar a favor de un futuro esperanzador y optimista.

Dispuestas a dialogar

Hace falta diálogo, se pide más diálogo, decimos que estamos dispuestas/os a dialogar. Es muy común que se haga un llamamiento al diálogo, tanto en nuestros conflictos cotidianos como en declaraciones en medios de comunicación. Pero ¿a qué nos referimos exactamente? ¿Qué significa el concepto “diálogo”?

Aquí resumimos tres ideas básicas:

Diálogo no es hablar. O no sólo hablar. Es necesario que cada quién exprese sus verdades, pero en gran medida el diálogo se basa en escuchar. Pero tampoco sólo en escuchar: no vale escuchar de forma pasiva, sin ninguna intención de cambio. 

El diálogo requiere estar dispuesta/o a cambiar nuestra forma de pensar. Debemos estar dispuestas/os a poner en duda nuestras verdades, teniendo claro que no somos poseedores de la verdad absoluta. Nos debemos guiar por un principio de humildad.

El diálogo es un ejercicio de cooperación. Ahí es donde se diferencia de discusiones, riñas y otras dinámicas comunes en tertulias televisivas, que están basadas en la competición y la disputa. En un diálogo, necesitamos las verdades del otro para completar las nuestras, hay una necesidad mutua. 

Con estos tres principios en mente, podremos diferenciar más fácilmente cuándo se trata de un diálogo y cuándo de un monólogo, competición, auto-afirmación o demás dinámicas comunicativas destructivas que se venden como diálogo.

Derechos humanos: tres criterios para orientarse (III)

Ante la amenaza de su instrumentalización… Esperanza

La difusión y extensión de manera global del lenguaje de los derechos humanos ha ayudado a que se constituya en un lenguaje referencial tanto en valores como normas; y al mismo tiempo, siendo también objeto de instrumentalización política y uso y abuso del mismo por Estados y medios de comunicación.

Sin embargo, la amenaza de instrumentalización es pequeñísima en comparación con todo el potencial que aún tiene y seguirá teniendo. Defender los derechos humanos es ético, es útil, es necesario.

Desde su proclamación en 1948 se ha avanzado mucho, y el marco sigue siendo válido 70 años después. Por tanto, se puede afirmar que hay abundantes razones para el optimismo, que no ingenuidad. Como decía Javier de Lucas: “En los tiempos que corren, el optimismo es un imperativo moral. Un optimismo no iluso de querer mejorar las cosas”.

Este optimismo nos debe llevar a difundir los derechos humanos con insistencia, con especial énfasis en la educación: una educación en derechos humanos basada en la co-responsabilidad de mantener y cuidar la dignidad de todos los seres humanos y el planeta, con mirada autocrítica y crítica.  

Como dice Pilar del Río: La ciudadanía somos la mayor potencia del mundo, por más que el sistema nos distraiga para que no usemos nuestra colosal potencia.

Derechos humanos: tres criterios para orientarse (II)

Ante las injusticias estructurales… Mirarse al espejo y más allá

Un mundo donde los derechos humanos se respeten, significa un mundo donde la igualdad es real y la riqueza está redistribuida de forma justa.  Este es el más allá por el que se trabaja a favor de los derechos humanos: vivir con dignidad.

Muchas vulneraciones de derechos humanos tienen su origen o se reproducen gracias a injusticias estructurales: pobreza, abuso de poder, machismo, colonialismo… Por ello, para evitar que los derechos humanos queden en mera declaración de buenas intenciones, vacías de realidad y concreción, hace falta situar su acción dentro de un análisis estructural.

En ese análisis podemos vernos ubicados en una posición de privilegio. Sabiendo que no es posible ser 100% coherentes y que no podremos eliminar los privilegios de la noche a la mañana, lo importante es ser conscientes del lugar que cada cual ocupa en las distintas estructuras y poner estos privilegios al servicio de los derechos humanos.

Este análisis estructural también nos puede ayudar a ser conscientes de que trabajar por los derechos humanos de personas o colectivos ajenos en ningún caso significa la pérdida de los derechos de uno mismo (en todo caso serán los privilegios los que se pierden); en ese sentido, tampoco una violación de derechos justifica la violación de otros. Los derechos humanos corresponden a todos los seres humanos, sea donde sea que se ubiquen en esta estructura desigual, no sólo a “los nuestros”, ni tampoco a los que “se portan bien”. 

Derechos humanos: tres criterios para orientarse (I)

Ante la dificultad de garantizarlos… Responsabilidad

El cumplimiento de los derechos humanos no es solamente tarea de gobiernos y organismos internacionales: todos los seres humanos somos responsables de velar por su garantía de alguna manera, con aquello que esté en nuestras manos. Los seres humanos somos interdependientes y nuestras acciones afectan a otros, de manera destructiva o constructiva, según elijamos. Siendo conscientes de esta condición, aplicar la co-responsabilidad asumiendo los derechos humanos como tarea propia, individual y colectiva, multiplicará las opciones de su garantía.

Pilar del Río, periodista y promotora de la Carta de los Deberes y Obligaciones de las Personas defiende esta visión que se ubica dentro de la ética de la responsabilidad:

“Numerosas personas han supuesto que los derechos no tienen correspondencia con las obligaciones. Es como si se pensara que un individuo ha asumido todos los derechos para su crecimiento y la obtención de sus satisfactores, sin que ello implique asumir carga alguna para consigo mismo, sus semejantes, el entorno que lo rodea o para con el estado. Es necesario pensar el mundo de los derechos en clave de corresponsabilidad”

Cabe aclarar que no todos los humanos compartimos la misma responsabilidad y que asumirla no implica mirar hacia otro lado ante un gobierno que vulnera impune y sistemáticamente los derechos humanos. La rendición de cuentas es imprescindible: exigir, presionar, empujar a gobiernos y organismos es una manera también de asumir responsabilidad.

Un aspecto muy importante del que es necesario responsabilizarse es el de mantenerse informadas/os, con capacidad crítica, y difundir mensajes veraces y constructivos. Las defensoras de derechos humanos, cuya labor es amenazada constantemente, son un altavoz para estas situaciones de vulneraciones de los que apenas llega información. Escucharlas, darles voz y apoyarlas es algo concreto que podemos hacer desde nuestra responsabilidad.

Transmitir lo sucedido (IV) El papel de los medios de comunicación

Los medios de comunicación son plataformas poderosas para transmitir lo sucedido: documentales, reportajes, hemerotecas y opiniones… tienen la capacidad de llegar a públicos muy distintos, desde perspectivas muy distintas y por medio de varios soportes. Muchas personas que no han tenido la oportunidad de conocer cara a cara vivencias de distintos sufrimientos, han llegado a conocerlas gracias a los medios de comunicación, y esto les ha supuesto un impulso para salir de sus trincheras.

Sin embargo, los medios de comunicación, además del pasado, también recogen el presente; más concretamente, las tensiones y disputas que ocurren hoy en día en relación al pasado, a menudo en el plano político. En el juego de competición política, ocurren las guerras de declaraciones: se hacen muestras rápidas de posiciones, sin detenerse sosegadamente en las necesidades y deseos que hay detrás. Hace falta considerar la confusión, polarización, desesperanza e indiferencia que genera todo ello y transmitir con mucho cuidado y responsabilidad los choques actuales.

De cualquier manera, tal vez lo más importante sea lo siguiente: fomentar en el público la capacidad crítica y la reflexión ética. La educación también tiene su papel ahí, pero si los medios de comunicación se comprometen con esos dos criterios para orientarse, nos acercaremos al pasado con curiosidad, apertura y ganas de crear un futuro mejor.

Transmitir lo sucedido (III) ¿A quién corresponde la transmisión?

Los acontecimientos del pasado violento se transmiten, sobre todo, en el ámbito doméstico, si es que se transmiten. En el ámbito educativo no existe un acuerdo sobre qué hay que transmitir, ni cómo, ni cuándo hay que hacerlo. Los choques son comunes, también, entre las instituciones; sucede que los relatos del pasado son muy variados, y muchas veces, se conciben como incompatibles. Querer llegar a un acuerdo sobre el pasado, crea más de un quebradero de cabeza.

De todos modos, existen grupos e iniciativas que logran encontrar algún resquicio para la acción: por ejemplo, la iniciativa Adi-adian, que invita a las víctimas a los colegios. Es verdad que, mediante estos testimonios, los alumnos solamente recogen un pedacito del total de los acontecimientos del pasado; no obstante, la experiencia sirve, muchas veces, para hablar del pasado, preguntar, y seguir investigando. Para participar en esta iniciativa, es necesario que el órgano del colegio al que le corresponda decidir llegue a un acuerdo, y este mismo ejercicio se convierte, a su vez, en ejemplo para las labores cotidianas a favor de la reconciliación. El Consejo de la Juventud de Euskadi también ha tomado cartas en el asunto, investigando las inquietudes y necesidades de la juventud, y organizando eventos entorno a la memoria, sobre los resultados obtenidos.

Mientras esperamos acuerdos institucionales, no falta trabajo en buscar y aprovechar esos resquicios para la acción.

Transmitir lo sucedido (II) ¿Qué es lo que se debe transmitir?

Así como es imposible no comunicar absolutamente nada, es también imposible no transmitir sobre el pasado violento. Aún guardándolo en el silencio, siempre se transmite algo: sobre qué se puede hablar y sobre qué no, quiénes son los “buenos” y quiénes los “malos”, cuáles son los límites éticos… Es cierto que nuestros jóvenes pueden no saber quién fue Miguel Ángel Blanco o en qué años estuvo activo el GAL. Pero, puede que le apliquen, por inercia, una lógica de enemistad a una familia concreta de su localidad; o puede que, sin saber muy bien por qué, se les revuelvan las tripas si ven un control de la Guardia Civil. Han recibido unas lógicas, unas emociones y unos modos de funcionamiento.

También transmitimos tensión: tomemos como ejemplo los encontronazos que se han creado a raíz del programa ‘Herenegun’ que pretende fomentar el Gobierno Vasco (o cualquier otra polémica mediática común). ¿Qué es lo que aprenderá del pasado un jóven de 16 años ante esa realidad, sea directa o indirectamente? ¿Aprenderá, por ejemplo, que el tema crea choques, y que es mejor no hablar de ello? ¿Se sentirá coaccionado a posicionarse en un lado o en otro de la polémica? ¿Será un tema que, en adelante, no le causará más que hastío?

Aparte de los acontecimientos concretos, el marco ético, y los ejemplos y lógicas que se utilicen ante un tema complejo, forman parte, también, de la transmisión. No cabe duda de que estamos transmitiendo actitudes éticas y constructivas continuamente. Ahí está la clave. Lo único que nos falta es hacerlo de manera consciente.

Transmitir lo sucedido (I). Dicen que la juventud no sabe.

Dicen que la juventud no sabe qué ha sucedido en el pasado violento y que no tiene, además, prácticamente ningún interés en saberlo. Esta afirmación es muy frecuente en actividades, jornadas y foros que se organizan para hablar entorno a la paz y la convivencia y que, dicho sea de paso, no acaba de conseguir atraer a los más jóvenes. La juventud no sabe, la juventud no está. Ante esta carencia, se llega a la conclusión de que hay que transmitir lo ocurrido.

Observemos ese análisis desde más cerca: aparte de los jóvenes, ¿saben los adultos lo que ha ocurrido? ¿Tienen interés por saberlo? Porque es muy normal que cada uno conozca lo que ha sucedido en su trinchera o su burbuja, pero que todo lo que quede fuera, no sea más que información difusa e impersonalizada para muchos adultos. La imagen poliédrica de la vulneración de derechos humanos de motivación política es algo que está aún emergiendo, y todavía llevará unos años. Por lo tanto, los adultos también tienen tareas pendientes en este sentido. En lo que al interés se refiere, si bien es cierto que una parte de la sociedad ha comenzado a mirar hacia adelante y a su alrededor, ya que los problemas y las violaciones de derechos siguen aún vigentes, también es verdad que muchos sienten la necesidad de tomarse un respiro y posar su atención en otros temas, dejando atrás la que ha sido la mayor preocupación durante años.

Si entre los adultos no se trabaja, difícilmente se podrá transmitir a la juventud los relatos de las violaciones de derechos humanos vividos, apoyados o silenciados. Adelante y ánimo, por lo tanto, a las personas, grupos, municipios e instituciones que trabajáis por la reconciliación y la convivencia.

Quiero ser mejor persona

En la época de decir adiós al año que se va y dar la bienvenida al nuevo, nos ponemos a pensar, casi sin darnos cuenta, en lo que somos y en cómo somos. Repasamos el año haciendo un balance de cuánto deporte hemos hecho o cuántos libros hemos leído, reflexionamos sobre si tenemos un trabajo que nos gusta o una relación de pareja que nos llene. Intentamos medir, a fin de cuentas, cuánto de ancho, cuánto de profundo es el abismo entre dónde estamos y dónde queremos estar.
Al comienzo del año, practicamente todos nos proponemos ser mejores personas. ¿Pero qué es ser mejor persona? Eso depende de la escala de valores de cada uno, claro. Pero, normalmente nuestro grado de bondad o su ausencia se mide por el modo en que nos comportamos con los otros. ¿Pero, acaso todos esos “otros” son iguales para nosotros o los clasificamos, de algún modo, entre los otros que “son como yo” y aquellos que “no son como yo”? ¿Son iguales nuestros comportamientos ante unos que ante otros? ¿Soy buena persona si con mi familia soy agradable y bueno, pero no lo soy tanto con mis vecinos inmigrantes o con personas que (no) se identifican con una orientación sexual determinada? ¿Soy buena persona si pago sin faltar las cuotas de colaboración con ONGs, pero apenas dejo respirar a mis empleados o no les garantizo un sueldo digno?
Los filósofos de la moral opinan que una persona es buena si es buena con todos, sea de la familia, o sea un desconocido; con quien comparte semejanzas, y sobre todo, con quien no las comparte.
Está muy bien hacer deporte, está muy bien leer más libros, y un trabajo que te gusta y una pareja que te llene harán tu vida mucho más agradable, sin duda alguna. Pero si este año te planteas ser mejor persona, deberás intentar hacerte ciertas preguntas y ser honesto en las respuestas. Te animamos a que te conozcas un poco mejor. Una sociedad bondadosa necesita de buenas personas. Necesita tu mejor versión. ¿Cuál es tu mejor versión? Eso no lo sabemos. Pero lo importante es que nunca dejemos de preguntárnoslo.

Derechos y deberes

Este mes se han cumplido 70 años desde que se refrendara la Declaración Universal de los Derechos Humanos, lo cual nos sitúa ante la necesidad de hacer un análisis de su recorrido, su situación actual y, sobre todo, de los retos del futuro próximo. Habrá quien diga que estamos, claramente, mejor que hace 70 años. Es lo que nos puede parecer a simple vista y es bien cierto que esta carta ha constituido, cuanto menos, un objetivo a lograr, una meta a la que llegar. Ha puesto nombre y apellido a la utopía, que a su vez va cambiando, ya que los derechos humanos van creciendo, sumándose y enriqueciéndose con nuevas demandas .

Pero, cuando uno/a empieza a leer todos y cada uno de los artículos que conforman la Declaración, esa convicción previa de carácter optimista, inevitablemente, empieza a tambalearse. El artículo 2 otorga los mismos derechos y los mismos deberes a toda persona, sin distinción de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de cualquier otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición. Además, todos tenemos derechos de integridad física y moral, de libertad de pensamiento y conciencia; toda persona tiene derecho a una nacionalidad y el derecho de buscar asilo y disfrutarlo en cualquier país del mundo; toda persona tiene derecho al trabajo e igual salario por trabajo igual, así como al descanso; toda persona acusada de delito, tiene derecho a que se presuma su inocencia mientras no se pruebe su culpabilidad; toda persona tiene derecho a la educación, etc. Ahora, cojan un periódico de un día cualquiera o analicen un telediario y busquen ejemplos de vulneraciones de dichos derechos. No tardarán en completar el ejercicio.

Evidentemente, hay cosas que no están en nuestras manos. Pero hay otras muchas que sí. Todos y cada uno de nosotros podemos aportar a que el mundo y la vida sean algo más llevaderas y agradables para todos. Luchemos por poder disfrutar de nuestros derechos y hagámonos responsables también de nuestros deberes, denunciando las vulneraciones y defendiendo los derechos en nuestro círculo más próximo: en nuestros vecindarios, en nuestras escuelas, en nuestras calles, en los medios de comunicación, en nuestros gobiernos más próximos. Los derechos son de todos, los deberes también.

Atrevámonos

Hay un cuento del escritor Jorge Bucay, que habla de cómo Panchito, un niño de seis años, fue capaz de salvar su propia vida y la de su hermanito pequeño de las llamas que deboraban su casa. ¿Cómo pudo hacerlo? Se preguntaban todos. ¿Cómo pudo ese niño tan pequeño romper el vidrio y luego el enrejado? ¿Cómo pudo cargar al bebé en la mochila? ¿Cómo pudo caminar por la cornisa con semejante peso y bajar por el árbol?  El jefe de bomberos les dió la respuesta: “Panchito estaba sólo. No tenia a nadie que le dijera que no iba a poder”. Panchito fue cauto y valiente, inteligente y constante. Creyó en sí mismo y lo consiguió.

La paz también requiere cautela y valentía, de inteligencia y constancia. Y también requiere fe, es decir, el convencimiento íntimo y la confianza, que no se basa en la razón ni en la experiencia, de que la paz es algo que se puede conseguir. No lo hemos visto, no lo conocemos, pero creemos en ella. Por el camino, habrá que romper cristales y habrá que cargar con pesos, y habrá que tomarse el riesgo de caminar por cornisas o destrepar árboles. Quizas, dentro de unos años, cuando se hable del pasado y de esta generación que ha nacido y vivido en una constante confrontación, la gente se pregunte: ¿Cómo hicieron para cerrar las heridas? ¿Cómo pudieron llegar a entenderse? ¿Cómo pudieron volver a compartir sueños y espacios? Exacto: “porque nadie les dijo que no pudieran hacerlo”. Nadie nos dice que no podamos. Hagámoslo.

Valientes 2.0

Está claro. Las redes sociales nos animan a decir aquello que no nos atrevemos a decir a la cara. Muchos de vosotros habréis comprobado que es mucho más fácil decir ‘te quiero’ por whatsapp (seguido de un gran corazón rojo) que decirlo a la cara. Y quizá no lo hayáis probado, pero también es mucho más fácil insultar a alguien por las redes que hacerlo cuando lo tienes delante. Imagínate tener a esa persona que te cae muy mal justo ante ti. ¿Te atreverías a decirle todas esas cosas que, como diría Harkaitz Cano en Twist, “se piensan pero no se dicen”? Seguramente no. Pero, ¿y si lo pudieras hacer sin ningún tipo de sanción ni reproche aparente y desde el más absoluto anonimato? Pues lo mismo te animabas a decirle “un par de verdades”. Todo ello bien aderezado de insultos, odio sin argumentos y muchísimo cinismo, eso sí, con una pantalla de por medio. ‘Total, si todo el mundo lo hace’. ‘A ver si no voy a poder decir lo que me da la gana, ¿qué pasa con mi libertad de expresión?’. Y por el camino, claro, nos hemos cargado al respeto. Porque es mucho más fácil decir las cosas cuando nos sentimos en un espacio seguro y sabemos que no vamos a tener que lidiar (no al menos de manera inmediata) con las consecuencias. Somos la nueva era, somos los cobardes 2.0; o valientes 2.0 claro, según se mire.

La naturaleza nos dio dos oídos y una sola boca; la naturaleza es sabia. En las redes, como en la calle, hay demasiadas bocas hablando (gritando) simultáneamente, y mucho ruido para los oídos dispuestos a escuchar.

Por mucho que los canales de comunicación cambien, las normas para el diálogo –(1) Exponer sin juzgar, (2) escuchar sin replicar, (3) preguntar para entender, (4) destacar lo positivo y (5) unir lo mejor con lo mejor– nos deberían servir también para las redes. O acabaremos por olvidarnos de cómo se hacía.

¿A qué quieres pertenecer?

Desde que el humano es humano, siempre ha sentido la atracción por relacionarse con personas similares; similares en edad, género, clase social, educación o creencias. Esta tendencia tiene mucho que ver con la teoría de las necesidades humanas que proponía Abraham Maslow: según él, cuando el ser humano tiene las capacidades básicas (alimentación, cobijo) y las de seguridad (protección, hogar, trabajo) cubiertas, siente la necesidad de pertenencia al grupo. Ahí nos sentimos cómodos, entendemos a la gente, la gente nos entiende. Fin de la historia. ¿Para qué complicarnos? La vida es mucho más llevadera si tienes un entorno que te da la razón.

Lo mismo está pasando en las redes sociales. En ellas nos relacionamos mayoritariamente (e incluso, exclusivamente) con gente con gustos similares a los nuestros: escuchan la misma música, leen el mismo periódico o ven la misma serie; los demás estorban. Los tienes ahí, pero sólo los aceptaste por no quedar mal. A muchos los tenemos por amigos, pero como mucho tenemos en común alguna que otra afición. Somos perfectos desconocidos. Dicen que las redes sociales son herramientas para la comunicación, dicen que nos comunicamos más que nunca, sí, estamos comunicando todo el día. Pero, ¿qué, cuándo, cómo, con quién y por qué? Y lo que es más importante: ¿para qué? Aquí está la clave.

Nos “comunicamos” para ratificar nuestras propias ideas; para cerciorarte de que no eres el/la único/a que piensa esto u lo otro; para confirmar que, aquello que es de tu agrado, es también del agrado de los demás. Y a veces, no será suficiente con esto, y entonces publicarás cosas que en realidad no te gustan, pero que sabes que gustarán; y si, además, el feedback es positivo, te sentirás bien; porque eso te dará la tranquilidad de saber que perteneces a algo. Pero, ¿a qué? ¿A cambio de qué?

Aprovechar las pausas

Para las personas que tenéis la oportunidad de hacer un parón este agosto, os traemos una propuesta: aprovechar la pausa para trabajar la paciencia.

La paciencia es la principal herramienta natural con que cuenta el ser humano para afrontar constructivamente los retos, dificultades y sufrimientos no patológicos. Es una herramienta imprescindible para tratar los conflictos éticamente y tiene un aspecto pasivo y otro activo: es aguante (paciencia pasiva) y constancia (paciencia activa) para afrontar la adversidad. Prácticamente todo en la vida está sometido al riesgo del fracaso si no incorporamos un fuerte componente de paciencia. Implica saber esperar con perseverancia y saber ser constante con esperanza.

El parón de las vacaciones puede ayudarnos a trabajar el aspecto pasivo de la paciencia, y hay varias maneras de entrenarnos. Una de ellas es elegir una actividad y realizarla lo más lentamente posible. Parece difícil, ¿verdad? Otra manera es la contemplación: observar a algo o alguien de forma pasiva, sin juicios, sin expectativas.

La clave es hacer un paréntesis en nuestros ritmos frenéticos y nuestra necesidad de obtener resultados concretos. Nos permitirá mirar con otra actitud los enfados, inquietudes, indignaciones y obstáculos que tengamos en el futuro. Empezar el curso con un buen suministro de paciencia no es mal plan, ¿verdad?

La empatía no es suficiente

Últimamente se nos repiten las imágenes desgarradoras de cientos de personas huyendo de la muerte segura e intentado llegar a nuestras costas. También hemos visto el destino de las personas migrantes que llegan a EEUU y nos hemos indignado escuchando los llantos de criaturas separadas a la fuerza de sus progenitores. Ante esta situación, se dice que a la población de países privilegiados nos falta empatía, sobre todo a los gobernantes.

La empatía es la capacidad para ponerse en el lugar del otro, imaginar lo que está pasando en la mente y cuerpo de otra persona y sentirlo en nuestra mente y cuerpo, como si fuera nuestro. Sin embargo, esta capacidad por sí sola no trae ningún beneficio en situaciones de sufrimiento. Podemos hacer el ejercicio de imaginar qué se siente dentro de un barco a la deriva por el océano, y sentir ese sufrimiento en nuestra piel. Pero, ¿en qué les ayuda esto a las víctimas de graves injusticias?

La empatía necesita de acción, ya que, de lo contrario, se queda en simple contagio del sufrimiento. Además, la información sobre sufrimientos varios es constante en medios de comunicación y redes sociales, y es fácil sentirse abrumada y tener que mirar a otro lado para protegerse, o caer en el cinismo o la resignación. Por ello, tras imaginar y vivir el sufrimiento ajeno, la clave está en identificar aquellas acciones que están en nuestra mano para mejorar la situación y actuar. En eso se basa el concepto de Baketik que llamamos “el plus de la empatía”. En este caso tenemos un marco claro desde el que actuar: el de los derechos humanos. Todas las personas somos sujeto de esos derechos, que además son inalienables. Pongamos la vida y los derechos humanos en el centro de la acción.

La empatía es una capacidad de todos los humanos, como lo es el lenguaje o el caminar sobre dos pies. En ese sentido, no podemos decir que nos falta empatía: nos falta calibrarlo adecuadamente, afinarlo de forma más humana, para usarla a favor de un mundo más justo.

Derechos humanos: aclarando los claroscuros (III)

Vigencia y guía contra las injusticias

Debemos ser justos. Por primera vez en la historia nos hemos dotado de organismos internacionales que contemplan los derechos humanos y los mantienen en su agenda. Si bien es cierto que seguimos sumidos en guerras cada vez más deshumanizadas y siguen vulnerándose derechos humanos en muchos estados, incluso en estados democráticos que no han tenido problema en ratificar los tratados internacionales.

Pero de la misma manera, el repudio a la humillación y al maltrato físico, el rechazo a la privación de derechos… forman parte ya mayoritariamente de los fundamentos morales y éticos, más o menos aceptados como son la dignidad humana y el respeto de todos los miembros de la sociedad.

Por todo ello, aun haciendo justicia a través de un balance lleno de claroscuros, los derechos humanos mantienen su vigencia como elemento articulador en la lucha contra las injusticias, colocando en el centro el concepto de dignidad humana, la necesidad de justicia de las víctimas, señalándonos el propio marco de trabajo como un marco en construcción al que deberán sumársele nuevos derechos, ante la inevitable necesidad, además, de integrar demandas y reconocimientos que estuvieron fuera del marco cognitivo o de las sensibilidades de quienes los impulsaron cuando fueron alumbrados.

Derechos humanos: aclarando los claroscuros (II)

Contradicciones (II)

En el anterior post se presentaron dos contradicciones que los derechos humanos presentan, pero hay un tercero importante:

  1. Tienen sentido por sí solos, pero al tomar tierra hay que conectarlos con otros significados. Unido con lo anterior, es fácil que el discurso de los derechos humanos se quede en mera declaración de buenas intenciones, vacía de realidad y concreción. Hay dos ideas importantes que en el discurso de los derechos humanos suman significados y son importantes desde el punto de vista de la ética de la dignidad humana y su concreción:
    1. Por un lado, al concepto de igualdad le suma significación el concepto de reconocimiento de las diversas identidades y de la propia diferencia. La multiculturalidad, que ha pasado a ser característica de prácticamente todas las sociedades, la reivindicación de diversas identidades en el seno de las mismas, exigen el reconocimiento, previo o necesario para el ejercicio de la igualdad. Somos diferentes, y a la vez somos mucho más que las características que nos diferencian. En esto último es donde somos iguales.
    2. Por otro lado, el concepto de justicia también lleva de la mano el de equidad; difícilmente podremos hablar de dignidad humana dejando a parte de la humanidad al margen de los bienes, por lo que el concepto de redistribución, no puede quedar al margen del imaginario y plan de trabajo de los derechos humanos. No basta con garantizar el derecho a la vida, si no que aspiramos a vidas dignas.

Estos someros apuntes ponen de manifiesto las contradicciones y paradojas actuales en torno al trabajo de los derechos humanos.

Derechos humanos: aclarando los claroscuros (I)

Los Derechos Humanos, resultan un instrumento válido y tienen un potencial importante y no agotado en el desarrollo y lucha por una vida humana digna, que podríamos entender como la declinación del principio de dignidad humana. En los siguientes posts veremos primero desde sus contradicciones, y después desde los criterios que nos guiarán la acción.

Contradicciones

Los derechos humanos, como las monedas, tienen dos caras. Una ventaja lleva consigo una desventaja; un uso ético, un abuso. Es cierto que en su desarrollo se encuentra con innumerables dificultades y contradicciones, como no podía ser de otra manera al tratarse de una construcción social. El ser humano es limitado, por tanto, toda creación suya también lo será. El desarrollo imperfecto de los derechos humanos nos confronta con las propias limitaciones y contradicciones de un proceso que se mantiene en construcción y que nos obliga a articular nuestros valores éticos e imaginación constructiva para seguir avanzando.

  1. Inalienables, pero difíciles de garantizar. Características como la inalienabilidad de los derechos humanos, que suponen su independencia de cualquier Estado, resultan cuestionadas en el momento que ninguna autoridad, ninguna institución, logra siquiera garantizarlos en situaciones de graves vulneraciones. Junto a ello debemos tener en cuenta la creación y existencia de organizaciones supranacionales que escapan a día de hoy del control y soberanía de los Estados.
  2. Globalmente aceptados, pero también usados y abusados. De la misma manera, como consecuencia del proceso de globalización, éste ha jugado un rol importante en la difusión y extensión de manera global del lenguaje de los derechos humanos, constituyéndose en un lenguaje referencial tanto en valores como normas; y al mismo tiempo, siendo también objeto de instrumentalización política y uso y abuso del mismo por Estados y medios de comunicación.

La fuerza del diálogo

En conflictos difíciles es común que aparezcan voces que defienden que el diálogo no sirve para nada, que lo que hace falta es “mano dura” o como Baketik llama, el método de la fuerza. Exhibir músculo es el método en un conflicto destructivo. En este método, el verbo es imponer: todo se reduce a tratar de imponer una forma de ver el problema y sus salidas con el argumento de la fuerza. Provoca un escenario de vencedores y vencidos. En los conflictos más cercanos se asocia con la ruptura de límites, saltarse las barreras éticas de una relación y en los conflictos más graves se asocia con la violencia.

Quienes defienden este método argumentan que la propuesta de diálogo es falsa, contraproducente, ingenua e inútil. Esta visión se sustenta en desconfianzas, prejuicios y creencias o vivencias autoritarias.

Y es que el método del diálogo es en realidad sincero, constructivo, realista y útil.

El método del diálogo ayuda a encontrar opciones en las que los distintos intereses puedan ser tenidos en cuenta, se basa en la interdependencia, en el reconocimiento del «otro» y es alternativa a la exclusión. Tiene efectos preventivos, curativos, de desbloqueo y de reparación. Tiene, además, una contrastada capacidad transformadora de situaciones de violencia, enfrentamientos destructivos e injusticias. El diálogo es la columna vertebral de la convivencia y de unas relaciones humanas satisfactorias y sanas.

 En todo caso, el diálogo es algo más que una propuesta metodológica, implica confiar en lo mejor del ser humano y crear condiciones para que lo mejor del ser humano pueda actuar.

 ¿Con qué método te quedas?

Cómo me comunico

Nuestra forma de comunicarnos juega un papel clave en la forma en la que afrontamos los problemas de convivencia. La primera disyuntiva es comprobar si mi lenguaje en los conflictos es el diálogo o la fuerza. Trabajemos con la hipótesis de que nuestra herramienta principal es el diálogo.

Nos debemos preguntar entonces cómo dialogamos, porque el nuestro puede ser un diálogo de sordos. Se nos enseña a hablar, a leer, a escribir, pero paradójicamente no se nos enseña a dialogar o mucho menos a escuchar. Oír quiere decir percibir ruidos, sonidos, palabras. Escuchar es prestar atención a lo que se oye. Sin escucha no hay diálogo, sino sucesión de monólogos.

Analicemos nuestra disposición ante un conflicto. Ante un conflicto, alguien propone “Vamos a hablar”. Es una actitud positiva, sin duda, pero puede resultar insuficiente. Lo más habitual es que el escenario “vamos a hablar” se convierta en una escalada de réplica, contrarréplica y reproche, en un diálogo de sordos.

El escenario alternativo que requiere y posibilita un cambio de mentalidad es el escenario “Vamos a escuchar”.

La clave principal es comprobar si escuchamos. Para eso tenemos cinco reglas de oro: (1) Exponer sin juzgar, (2) escuchar sin replicar, (3) preguntar para entender, (4) destacar lo positivo y (5) unir lo mejor con lo mejor.

A las puertas de que la Declaración Universal de los Derechos Humanos cumpla 70 años

En nuestra tierra han sido muchos los derechos humanos violentados. Seguir luchando firmemente por ellos es una prioridad absoluta. En medio de Europa, en el siglo XXI y en nuestra sociedad, esta reivindicación mantiene plena su vigencia.

Los derechos humanos nos corresponden a todas las personas sin excepción, en virtud de nuestra dignidad humana. Cada persona tiene dignidad por su simple condición de ser humano.

La dignidad humana y los derechos humanos nos corresponden a todas las personas sin distinción de origen, raza, religión, sexo, cultura, lengua o ideología. También les pertenecen a quienes han cometido delitos o, incluso, crímenes terribles. Ahí está la grandeza de la Declaración Universal y del concepto de la dignidad humana. Tratar a todas las personas como personas, porque cada una de ellas es un fin. Los derechos humanos constituyen así un absoluto ético. Representan el principal proyecto del ser humano en la conducción de su vida social.

El objetivo de la paz necesita que en este terreno no demos un paso atrás. Con toda fuerza y firmeza debemos denunciar cada vulneración de derechos y con toda fuerza y firmeza debemos denunciar cada acto de parcialización de los mismos. La paz requiere la deslegitimación tanto de las vulneraciones de derechos como de su defensa parcial e interesada. No hay paz ni justicia con una mirada parcial a los derechos humanos. Sólo deshumanización personal y colectiva.

Tres compromisos éticos con las víctimas

Acompañamiento

Lo primero es la solidaridad. No podemos abandonarles, ni ignorar su situación, ni desentendernos del drama que han padecido. Como ciudadanos debemos personalizar nuestro apoyo a las víctimas teniendo en cuenta que cada caso representa una realidad diferente. Y colectivamente debemos socializar y visibilizar la solidaridad así como difundir una cultura de paz y humanización.

Desapropiación

Nadie puede ni debe apropiarse de la causa de las víctimas o pretender protagonizarla. La solidaridad con las víctimas tiene que ser gratuita y multilateral, debe ofrecerse y aceptarse con independencia de la razón política que cada cual defienda y sin otro motivo que el compromiso con la defensa de la dignidad humana.

Consenso

Es necesario comprometernos con la “no crispación” en relación a todo lo que tenga que ver con las víctimas. Comprometernos a que todo lo que hagamos en favor de las víctimas busque previamente el máximo consenso posible. Por y para las víctimas, debemos buscar lo que nos une frente a lo que nos divide.

Derechos de las víctimas

Los derechos de las víctimas son la verdad, la justicia y la reparación. Con estos nombres o con otros nombres, aquí y en cualquier otro sitio, se clasifican en tres bloques, tal como aparece en el cuadro: (1) un derecho moral  de reconocimiento de la dignidad y de restitución de derechos, (2) un derecho material de reparación, y (3) un derecho político de una memoria crítica del pasado. Este último tiene una importancia capital. Las víctimas son la viva expresión de lo que nunca debió ocurrir. Tienen derecho, al igual que cualquier otra persona o colectivo, a participar en el proceso de paz, y tienen un derecho específico: a que no se construya el futuro como si en el pasado no hubiera ocurrido nada.

El sufrimiento ya tiene de por sí bastante carga de absurdo; olvidándolo, lo empujaríamos al abismo de la irracionalidad más absurda.

A la par de esos tres derechos, lógicamente, existen tres deberes de la sociedad: (1) la obligación moral de reconocimiento de las víctimas, lo que conlleva primeramente el deber de escuchar, para identificar a todas ellas, y a continuación visibilizar su reconocimiento y dignificación; (2) la obligación de prestarles apoyo material; y (3) la obligación de una revisión crítica del pasado.

Obligaciones con las víctimas

¿Tiene alguna obligación la sociedad con las víctimas? Respondemos firmemente que sí. En nombre de dos principios: en nombre de la solidaridad y en nombre de la igualdad.

  • La solidaridad quiere decir que ofrecemos a quien lo necesita ayuda y apoyo. En una sociedad moderna como la nuestra, la solidaridad es un principio social vertebrador, y lo ha sido siempre. Y así está documentado desde antiguo.
  • La igualdad es un principio democrático que debe guiar el actuar político y la convivencia. Los ataques, los atentados, las torturas, lo traumas y las consecuencias de todos ellos han dejado en situación de inferioridad a la víctima: viudedad, orfandad, mutilaciones, minusvalía, traumas psíquicos, pobreza, falta de recursos económicos… Y la sociedad debe compensar todo eso, reparar.

La sociedad tiene un deber para con la víctima por ese doble principio.

Quiénes son las víctimas

La pregunta de “quiénes son las víctimas” es pertinente. ¿De qué se trata? De no generar un grupo de agraviados. Lo más habitual es dar una respuesta ideológica. Los más cercanos son indudablemente víctimas; los más alejados son víctimas que ponemos en duda.

Apliquemos un principio de solidaridad y un criterio expansivo y no restrictivo. Empecemos por admitir que hay víctimas y sufrimientos que desconocemos y que no tenemos la exclusiva del sufrimiento.

Víctimas son quienes han tenido la experiencia personal o familiar de un sufrimiento intenso, grave, radical o irreversible provocado –sin importar su causa, signo u origen– por la violencia, las violaciones de derechos humanos, las tragedias y las vejaciones, humillaciones o maltratos que se producen en una situación de conflicto destructivo.

El criterio metodológico para identificar a estas personas no consiste en prejuzgar ideológicamente. El criterio ético es escuchar y ponernos en el lugar del otro, en el lugar de todas aquellas personas que necesitan ser reconocidas como víctimas para que se desahogue y canalice constructivamente el dolor que han acumulado.

Ejes centrales para un afrontamiento constructivo del sufrimiento II

Pensamientos justos, la escucha de la conciencia. En la zozobra de la desolación cabalgan todo tipo de pensamientos e ideas. La persona que sufre tiene la necesidad de encontrar pensamientos justos que le permitan elaborar su sufrimiento de un modo constructivo para su vida. En ese trance la víctima cuenta con su conciencia y con la palabra de las personas que le acompañan. Salvo patologías, la conciencia siempre tiene en su nivel más hondo un pensamiento justo o una propuesta ética.

Sentido de proyecto, el significado de la dignidad humana. Tener proyectos de vida y optar por ellos es ejercer la capacidad de elegir. En lugar de permanecer atrapado o atado a la condición de víctima, optar por aquello que se quiere ser o por aquello que se quiere aportar en la vida es fundamental. Nos ayuda a entender nuestro sitio y nuestra misión en nuestra familia, en nuestro entorno, en la sociedad, en el mundo. Es una de las más grandes motivaciones para desembarazarse del victimismo.

Ejes centrales para un afrontamiento constructivo del sufrimiento I

Aceptación de lo perdido, la limitación. Lo que no se acepta, no se transforma y ni siquiera está en condiciones de ser elaborado. Aceptar no es ni refugiarse en las falsas expectativas o justificaciones, ni hundirse en la nostalgia o el resentimiento.Aceptar no es olvidar, es reconocer la nueva realidad de sufrimiento en que nos encontramos y asumir que esa realidad es una expresión más de la limitación de la condición humana. Lo más inexplicable de esa limitación es la muerte, que para ser afrontada necesita también aceptación. Aceptación de nuestra condición finita.

Sentido de vida vivida, el sentido del agradecimiento. Es probablemente el eje más importante para dinamizar el proceso. Con el sufrimiento siempre se pierde algo. Lo perdido totaliza. Parece imposible ver otra cosa que no sea la angustia de lo que ya no se tiene. Uno de los medios fuertes para salir de ese círculo cerrado es identificar, reconocer, valorar y agradecer el sentido de lo vivido, y todo aquello que se tiene ahora. El sentido de vida vivida, es decir, el sentido del agradecimiento, pone en camino y ofrece rutas de vida alternativas al victimismo.

Una herramienta y una condición previa para elaborar el sufrimiento

  • La principal herramienta: la paciencia. La paciencia es la suma de aguante y constancia para afrontar la adversidad. La soledad radical del sufrimiento es una montaña con dos vertientes: la debilidad provocada por el dolor, y la fortaleza de la paciencia para superarlo. La ascensión de esta montaña se afronta por la vertiente de la paciencia. La paciencia es la principal herramienta natural con que cuenta el ser humano para hacer frente al sufrimiento, porque es indispensable para no sucumbir ante los sentimientos de miedo a la muerte, de la angustia del pasado, de la ansiedad del futuro, o de las frustraciones del presente, y para buscar caminos alternativos.
  • Una condición previa: el proceso es intransferible. El proceso es personal e intransferible. Es necesario encontrar la voluntad, la determinación y la paciencia en uno/a mismo/a para querer recuperar el timón de la vida. El entorno y la solidaridad pueden ayudar creando condiciones favorables; pero en ningún caso suplen. Pensar que la solidaridad es el vehículo de recuperación es una falsa expectativa que pospone el desenlace de un proceso de superación de la victimización.

La lucha del relato

Tras un conflicto destructivo como el que hemos vivido en nuestra sociedad, uno de las principales luchas o batallas, en un sentido metafórico lógicamente, radica en el choque que se da entre los relatos, esto es, en lo que entendemos que ocurrió o ha ocurrido.

Cada relato tiene su parte objetiva pero también subjetiva, sin que está última tenga menor valor, pues es sobre ella sobre la que se ha construido el conflicto y sobre la que deberá seguir elaborándose la nueva convivencia. Y cada relato lógicamente tiene sus fieles y sus

Una reflexión pausada al respecto y una vista atrás a nuestra vida y la de la sociedad, nos demuestra a la claras que aunque algunos relatos puedan imponerse, los otros, no desaparecen. Incluso, los relatos no hegemónicos, ahondan más en sus posicionamientos y se van pasando de generación en generación. Así pues, parece más lógico y respetuoso que todos los relatos puedan tener su cabida y que no será ni hoy ni mañana posible un relato único. Ello supone que ¿toda narración es éticamente aceptable?. Obviamente no. Y esa quizás debería ser nuestra principal aspiración social respecto al relato: compartir uno que explicite que en nuestra sociedad, las ideas se antepusieron a las personas y que ello no debe volver a suceder.

Los ángulos de la verdad en las jornadas de paz

Este año se han celebrado dos actos dentro las jornadas anuales de Paz y convivencia de Urnieta: la charla del médico forense Paco Etxeberria sobre la la investigación que  está desarrollando para el Gobierno Vasco sobre la tortura en el País Vasco entre los años 1960 y 2013, y la obra de teatro “La mirada del otro” alrededor de los encuentros restaurativos, una iniciativa pionera en España, que tuvieron lugar en la denominada “vía Nanclares”, y que se desarrollaron de forma individual, en su mayoría en la cárcel de Nanclares de Oca (Álava) durante los años 2011 y 2012, con ex miembros de ETA y sus víctimas directas o indirectas .

Ambos actos despertaron un gran interés, en la medida que mostraban distintas porciones de la verdad que quizás han estado en la sombra. Sin embargo, la manera de presentar esas verdades ha sido muy diferente: el primero a través de la certeza casi irrefutable (el método científico es refutable por definición) que ofrece la ciencia, y el segundo a través de la subjetividad de la ficción basada en hechos reales.

El relato del pasado lo conforman distintas porciones de lo sucedido, contadas desde perspectivas muy diferentes, y no siendo excluyentes entre sí, a priori. Puede ser tentador señalar las vivencias y puntos de vista que faltan en esa porción, pero ya tenemos la experiencia suficiente como para saber que no hay relato alguno que consiga incluir a toda la realidad en su conjunto.

Siendo conscientes de esa limitación y aprendiendo de esas porciones de lo sucedido podremos acercarnos a un relato más completo y transformador.

 

Los aspectos más críticos del sufrimiento II

El principal obstáculo: el victimismo. El victimismo es la tendencia a anteponer la condición de víctima a cualquier otra vertiente de la realidad personal. Los comportamientos victimistas no nacen necesariamente de la propia víctima: pueden ser promovidos e incentivados por el entorno o por una solidaridad poco madurada. Es el principal obstáculo para superar porque se presenta como seducción y como única y mejor alternativa frente al desconsuelo. La solidaridad con las víctimas deberá tener presente que lo más importante es crear condiciones que ayuden a la víctima a liberarse de la victimización y del victimismo.

La gravedad del víctimismo: cuatro razones y cinco mensajes. Cuatro razones justifican la gravedad del victimismo:

-Es un encapsulamiento que aísla de la vida.

-Desconecta de los estímulos a los que debe responder la persona en la realidad.

-Presenta una falsa expectativa de recuperación que genera dependencia.

-Roba la autonomía personal insistiendo en cinco mensajes perversos:

  • “Estás exento del esfuerzo por la vida”.
  • “Tienes derecho a permanecer deprimido”.
  • “Aprovecha tus ventajas para eludir tus responsabilidades”.
  • “Acomódate porque eres protagonista”.
  • “No necesitas buscar más un sentido para la vida, ya lo tienes”.

Los aspectos más críticos del sufrimiento I

La comprensión del sufrimiento debe tener en cuenta una serie de aspectos básicos, pero críticos para conseguir afrontarlos constructivamente.

  • Lo elemental: aceptar el duelo. El sufrimiento es: amargura, angustia, resentimiento, nostalgia, odio, impulsos vindicativos… No es posible ser víctima sin pasar por algunos de estos sentimientos. Éste no es el problema; hay que pasar por un duelo que tiene estas características, y aceptarlo. Es inevitable y hasta necesario aceptar estos sentimientos cuando aparecen. El problema es que esto no sea una fase de un proceso sino la columna vertebral de una historia.
  • Lo más grave es la victimación, y lo más importante superarla. Cuando los sentimientos victimistas se conviertan en el motor que dirige la vida de la víctima de forma definitiva, hablamos de victimación: el bloqueo destructivo que un sufrimiento y el victimismo que le acompaña agazapado pueden llegar a producir en la vida de una persona. Lo más importante para una víctima es poder liberar su vida de la victimización. Comprender que la vida es más importante que el dolor que se siente.

El sufrimiento

Estamos genéticamente preparados para la empatía. Gracias a ella, sentimos en alguna medida como propio el sufrimiento del prójimo. Podemos elegir ser solidarios con las víctimas de cualquier injusticia. Una vez hecha esta opción, debemos desarrollarla tomando en cuenta algunas nociones.

  • Dolor y proceso. La palabra latina patientia tiene una doble acepción; por una parte, sufrimiento, pero también paciencia. El sufrimiento es, a la vez, el dolor mismo y la forma de sobrellevarlo.
  • Indeseable e inevitable. Lo más propiamente humano es luchar para vivir en condiciones de salud y de felicidad. Vivir para sufrir o para hacer del dolorismo un sentido de vida es sencillamente insano.
  • Anulación y posibilidad. Si sólo es padecimiento, dolor, pena… puede convertirse en anulación de la persona. Pero si es paciencia, proceso de elaboración personal, puede ser oportunidad de crecimiento humano.
  • Un sufrimiento original. Una característica del dolor: individualiza. Cualquier sufrimiento nos pone en contacto con nuestra soledad. Es un sufrimiento que también se denomina desamparo o angustia existencial.

Escucha de la conciencia

Todas las personas tenemos la capacidad de escuchar a nuestra conciencia y esta tiene siempre una respuesta ética a nuestra disposición. Escuchamos a la conciencia para tomar decisiones éticas.

Sabemos que la ética es importante, pero lo que no es tan fácil es actuar éticamente. A la hora de tomar decisiones, muchas veces sabemos qué es lo que tenemos que hacer pero eso no siempre es lo que nos conviene y en esas situaciones tendemos a autoengañarnos. Nos fabricamos argumentos que justifiquen lo que queremos hacer, nos los creemos y nos sentimos legitimados para hacerlo. En eso consiste la tranquilidad de conciencia. De este modo, hacemos de la ética un traje a nuestra medida.

La ética está relacionada con la dignidad humana; así podemos decir que la ética es el esfuerzo de la conciencia por responder a las exigencias que nos plantea el respeto a la dignidad humana.

En situaciones de conflicto, las elecciones que hagamos harán que este tenga una tendencia constructiva o destructiva. En dichas situaciones debemos decidir qué es lo primero, nuestro proyecto, nuestro objetivo o el respeto a la dignidad humana. Y esa decisión la tenemos que tomar escuchando a nuestra conciencia, sin trampas.

Aprendizaje del agradecimiento

En el pasado artículo hablábamos de la condición limitada de todos los seres humanos. Sin embargo, las personas no somos solamente limitación, afortunadamente.

La otra cara de la moneda de la limitación es el sentido de agradecimiento o lo que es lo mismo, la capacidad de identificar lo positivo en cualquier circunstancia.

Cuando tenemos un conflicto con alguien a quien apreciamos, en ese momento vemos sobre todo su parte negativa. Sin embargo, ¿por qué queremos  reconciliarnos con ella? Porque más allá de sus limitaciones, la voluntad de buscar aquello que merece ser agradecido me lleva a encontrar en ella todo lo que hay de bueno.

En los conflictos, el sentido del agradecimiento, más allá de lo que divide y desune, contribuye a identificar los acuerdos y las oportunidades; el primer consenso, los puntos en común y lo constructivo por delante de lo destructivo. Podemos decir, por tanto, que convivir significa promover las oportunidades entre las dificultades.

El sentido del agradecimiento permite depositar confianza en la vida y en los otros. Sin este depósito la vida enferma, la convivencia es inviable y la reconciliación choca con el muro de la desconfianza.

El aprendizaje de la limitación de la condición humana

Cuando tomamos conciencia de algunas situaciones de nuestro día a día, aprendemos de ellas. Podemos convertir nuestras experiencias en aprendizaje. En esta ocasión vamos a detenernos en nuestra condición limitada.

Todas las personas somos transitorias, imperfectas y ni lo sabemos, ni lo podemos todo. Pero a menudo, en las situaciones de conflicto, perdemos esa conciencia de limitación y creemos saberlo todo, estar en posesión de la verdad y así, actuamos desde el dogmatismo. Ese dogmatismo puede llevarnos a hacer daño, incluso a las personas que más queremos. Sin consciencia de nuestra limitación radical nos situamos fuera de la realidad.

El ser consciente de mi propia limitación es lo que me permite entender la de «los otros». Por eso, desde esta perspectiva es más fácil interpretar y entender que el mal que me causan los demás puede tener que ver con su realidad limitada. Esto no justifica el mal causado o el mal recibido pero sí puede explicarlo, me puede ayudar a entenderlo mejor, a relativizarlo y abrir una puerta a la reconciliación. Nos permite actuar más humildemente, entendiendo la humildad como el conocimiento de nuestras propias limitaciones y actuar conforme a ellas.

De cara al futuro perspectiva preventiva

En los números anteriores hemos venido hablando de lo que significa un proceso de reconciliación de la convivencia, y hemos dicho que es necesario abordar tres tiempos: pasado, presente y futuro.

De cara a abordar el futuro necesitamos compartir una mirada preventiva, para que lo que nos ha sucedido no vuelva a suceder. Necesitamos, por tanto, una nueva cultura de convivencia. Y es importante trabajar en el ámbito educativo.

La teoría que plantea Baketik, en este sentido, es que podemos aprender de nuestras propias experiencias. Si tomamos consciencia de dichas experiencias las podemos convertir en aprendizajes. Las experiencias que nos pueden ayudar son: limitación, agradecimiento, escucha de la conciencia, dignidad humana, empatía, diálogo, paciencia y amor. En torno a estos aprendizajes hemos trabajado y seguiremos trabajando con el profesorado de los centros escolares de Urnieta.

En el presente, humanización (I)

Humanización es la palabra que mejor describe la actitud que debe presidir el modo de afrontar el presente. Tres claves: determinación, cambio y empatía.

1. Determinación para encauzar un proceso de final ordenado de la violencia, de modo que sirva al objetivo de la reconciliación. Observaciones necesarias sobre el final ordenado de la violencia:

  • Es un final cierto, irreversible, declarado y plasmado en una fecha concreta, que se materializa sin contrapartidas políticas y que no impide una revisión crítica del pasado.
  • Conlleva un compromiso socio-político e institucional con la humanización y la paz social con dos criterios: (1) no añadir a la ley un plus de exigencias, humillaciones o vejaciones para quienes han puesto fin a la violencia; y (2) articular un conjunto de medidas legislativas, judiciales, penitenciarias y de gracia o indulto para los/as presos/as.

2. Cambio. El presente necesita un cambio de mentalidad y de actitudes. Ese cambio tiene mucho que ver con la desactivación de las inercias del pasado en el uso del lenguaje o en los marcos de interpretación hostil del diferente.

3. Empatía. Si no se ha hecho antes, el presente es el tiempo de la empatía compartida hacia todas las victimas: reconocimiento, reparación y solidaridad efectiva y afectiva. La inmediatez de la empatía y la solidaridad explícita con las víctimas de violaciones de derechos humanos.

La mirada al pasado

La mirada al pasado es afrontamiento compartido de lo sucedido e implica dos tareas. Primera, desvelar los hechos, lo que conlleva el conocimiento y reconocimiento del daño injusto provocado a todas las víctimas; y segunda, valorar estos hechos. Estamos hablando de realizar una revisión crítica, ética y prepolítica de lo sucedido. Conviene hacer tres precisiones:

  • Los hechos. Deben integrarse todos los sufrimientos, víctimas y violaciones de derechos humanos. El conocimiento y reconocimiento del daño provocado se refiere a todas las víctimas y no solo a las que sentimos más próximas. En este punto se juega definitivamente la viabilidad o fracaso de un proceso de reconciliación.
  • Los diagnósticos. Debe aceptarse que habrá diferentes formas de interpretar lo sucedido. No es posible un diagnóstico político compartido sobre las causas o la génesis de los hechos que componen nuestra historia reciente.
  • La valoración. Tenemos la obligación moral de compartir una valoración ética y prepolítica. Se puede y debe alcanzar un acuerdo sobre lo que no debe volver a repetirse, el «nunca más». Existe un mínimo para un consenso posible: «Lo sucedido ocurrió porque hubo quienes antepusieron el valor de su causa u objetivo al valor de la dignidad humana. Ni una sola causa política o partidaria, ni ninguna razón de estado tienen un valor absoluto que pueda situarse por encima del respeto a la persona y a la vida».

Objetivos y estrategia de la reconciliación

La reconciliación sirve para curar heridas personales, remendar desgarros sociales y prevenir divisiones destructivas. Un proceso de reconciliación combina distintos objetivos, con ámbitos de incidencia diferente.

  • El objetivo personalizado y urgente es reparar. Reconocer, aliviar y reparar en la medida de lo posible el daño producido a las víctimas.
  • El objetivo social y prioritario es humanizar. Remendar los desgarros que se han producido en el tejido social: recomponer las fracturas y divisiones, disolver odios y prejuicios, y favorecer el respeto, la aceptación mutua y el diálogo.
  • El objetivo político y estratégico es conciliar. Consolidar una convivencia conciliada porque se fundamenta en un suficiente consenso sobre el respeto a los principios democráticos de justicia, libertad, igualdad y paz.

El medio o la estrategia para alcanzar estos objetivos consiste en compartir una nueva forma de relacionarnos con el pasado, el presente y el futuro. Suscitar, recrear y poner en común una mirada crítica al pasado, constructiva al presente y preventiva al futuro. Estos tres tiempos constituyen los ejes del proceso de reconciliación.

¿Quién es el sujeto de la reconciliación?

Cuando hablamos de reconciliación, un error habitual suele ser pensar que es algo que corresponde exclusivamente a víctima y victimario. Nada más lejos de la realidad. El sujeto de la reconciliación es la sociedad y sus agentes representativos. No es un deber de las víctimas. Es una responsabilidad social. Las víctimas deben ser beneficiarias de este proceso, no cargar con su responsabilidad. Por eso decimos que la reconciliación es un proceso que nos compromete personal y socialmente. En este sentido, deben subrayarse dos criterios de realidad:

  • Eje. Cuando hablamos de reconciliación debemos acotar el campo. Nos estamos refiriendo a la vertiente social de la reconciliación de la convivencia, es su núcleo. La dimensión individual de la reconciliación forma parte de las opciones de libre decisión individual.
  • Proceso. La reconciliación de la convivencia en una sociedad que ha sufrido desgarros y divisiones en su tejido es un proceso complejo y difícil, necesita paciencia y una mentalidad realista de proceso y de progresión gradual. Es preciso avanzar paso a paso.

El reto de la reconciliación de la convivencia

En las últimas décadas, hemos vivido una experiencia sostenida de violencia, vulneraciones de derechos humanos, divisiones y crispación. Se trata de una vivencia social y políticamente traumática que debe ser elaborada y encauzada para evitar que una mala asimilación de la misma en el cuerpo social provoque en el futuro fenómenos reactivos no deseables.

Por ello, es necesario un proceso de reconciliación y de promoción de una nueva cultura de convivencia que consolide la paz, humanice nuestro presente, repare los desgarros del pasado y prevenga su repetición en el futuro.

Un proceso de reconciliación de la convivencia debe tener respuesta honesta para tres preguntas muy sencillas:

  • ¿Qué ha pasado y por qué?
  • ¿Qué podemos hacer ahora?
  • ¿Qué habría que hacer para que no vuelva a pasar?

Las respuestas a estas preguntas tienen que tener unas características muy concretas: tienen que ser claras, sencillas y fieles a la verdad, no pueden inducir al odio sino a la convivencia y deben prevenir la repetición de hechos similares.

Qué es y qué no es la reconciliación

La reconciliación es un término que crea recelos y equívocos. Tenemos ideas diferentes de lo que es la reconciliación. Es por ello que conviene aclarar qué es y qué no es la reconciliación. Una imagen extendida de la reconciliación es la de dos personas abrazándose después de haber tenido un conflicto. Y después de un conflicto destructivo como el que hemos vivido esa imagen suscita miedos.

El miedo de algunas personas es que la reconciliación sea amnesia y olvido cuando en realidad la reconciliación es recuerdo y memoria crítica. El miedo de otras personas es que la reconciliación sea venganza y ajuste de cuentas cuando lo que supone es generosidad y humildad.

En definitiva, después de una etapa de violencia, divisiones y conflicto destructivo, la reconciliación es el proceso que permite recuperar una convivencia basada en el respeto y la aceptación mutua. Por tanto, no significa volver a ser amigos, sino volver a respetarse y aceptarse. Implica una apuesta incondicional por la gestión pacífica y democrática de los conflictos y diferencias que afectan a nuestra sociedad.

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