CONVIVENCIA

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Valientes 2.0

Está claro. Las redes sociales nos animan a decir aquello que no nos atrevemos a decir a la cara. Muchos de vosotros habréis comprobado que es mucho más fácil decir ‘te quiero’ por whatsapp (seguido de un gran corazón rojo) que decirlo a la cara. Y quizá no lo hayáis probado, pero también es mucho más fácil insultar a alguien por las redes que hacerlo cuando lo tienes delante. Imagínate tener a esa persona que te cae muy mal justo ante ti. ¿Te atreverías a decirle todas esas cosas que, como diría Harkaitz Cano en Twist, “se piensan pero no se dicen”? Seguramente no. Pero, ¿y si lo pudieras hacer sin ningún tipo de sanción ni reproche aparente y desde el más absoluto anonimato? Pues lo mismo te animabas a decirle “un par de verdades”. Todo ello bien aderezado de insultos, odio sin argumentos y muchísimo cinismo, eso sí, con una pantalla de por medio. ‘Total, si todo el mundo lo hace’. ‘A ver si no voy a poder decir lo que me da la gana, ¿qué pasa con mi libertad de expresión?’. Y por el camino, claro, nos hemos cargado al respeto. Porque es mucho más fácil decir las cosas cuando nos sentimos en un espacio seguro y sabemos que no vamos a tener que lidiar (no al menos de manera inmediata) con las consecuencias. Somos la nueva era, somos los cobardes 2.0; o valientes 2.0 claro, según se mire.

La naturaleza nos dio dos oídos y una sola boca; la naturaleza es sabia. En las redes, como en la calle, hay demasiadas bocas hablando (gritando) simultáneamente, y mucho ruido para los oídos dispuestos a escuchar.

Por mucho que los canales de comunicación cambien, las normas para el diálogo –(1) Exponer sin juzgar, (2) escuchar sin replicar, (3) preguntar para entender, (4) destacar lo positivo y (5) unir lo mejor con lo mejor– nos deberían servir también para las redes. O acabaremos por olvidarnos de cómo se hacía.

¿A qué quieres pertenecer?

Desde que el humano es humano, siempre ha sentido la atracción por relacionarse con personas similares; similares en edad, género, clase social, educación o creencias. Esta tendencia tiene mucho que ver con la teoría de las necesidades humanas que proponía Abraham Maslow: según él, cuando el ser humano tiene las capacidades básicas (alimentación, cobijo) y las de seguridad (protección, hogar, trabajo) cubiertas, siente la necesidad de pertenencia al grupo. Ahí nos sentimos cómodos, entendemos a la gente, la gente nos entiende. Fin de la historia. ¿Para qué complicarnos? La vida es mucho más llevadera si tienes un entorno que te da la razón.

Lo mismo está pasando en las redes sociales. En ellas nos relacionamos mayoritariamente (e incluso, exclusivamente) con gente con gustos similares a los nuestros: escuchan la misma música, leen el mismo periódico o ven la misma serie; los demás estorban. Los tienes ahí, pero sólo los aceptaste por no quedar mal. A muchos los tenemos por amigos, pero como mucho tenemos en común alguna que otra afición. Somos perfectos desconocidos. Dicen que las redes sociales son herramientas para la comunicación, dicen que nos comunicamos más que nunca, sí, estamos comunicando todo el día. Pero, ¿qué, cuándo, cómo, con quién y por qué? Y lo que es más importante: ¿para qué? Aquí está la clave.

Nos “comunicamos” para ratificar nuestras propias ideas; para cerciorarte de que no eres el/la único/a que piensa esto u lo otro; para confirmar que, aquello que es de tu agrado, es también del agrado de los demás. Y a veces, no será suficiente con esto, y entonces publicarás cosas que en realidad no te gustan, pero que sabes que gustarán; y si, además, el feedback es positivo, te sentirás bien; porque eso te dará la tranquilidad de saber que perteneces a algo. Pero, ¿a qué? ¿A cambio de qué?

Aprovechar las pausas

Para las personas que tenéis la oportunidad de hacer un parón este agosto, os traemos una propuesta: aprovechar la pausa para trabajar la paciencia.

La paciencia es la principal herramienta natural con que cuenta el ser humano para afrontar constructivamente los retos, dificultades y sufrimientos no patológicos. Es una herramienta imprescindible para tratar los conflictos éticamente y tiene un aspecto pasivo y otro activo: es aguante (paciencia pasiva) y constancia (paciencia activa) para afrontar la adversidad. Prácticamente todo en la vida está sometido al riesgo del fracaso si no incorporamos un fuerte componente de paciencia. Implica saber esperar con perseverancia y saber ser constante con esperanza.

El parón de las vacaciones puede ayudarnos a trabajar el aspecto pasivo de la paciencia, y hay varias maneras de entrenarnos. Una de ellas es elegir una actividad y realizarla lo más lentamente posible. Parece difícil, ¿verdad? Otra manera es la contemplación: observar a algo o alguien de forma pasiva, sin juicios, sin expectativas.

La clave es hacer un paréntesis en nuestros ritmos frenéticos y nuestra necesidad de obtener resultados concretos. Nos permitirá mirar con otra actitud los enfados, inquietudes, indignaciones y obstáculos que tengamos en el futuro. Empezar el curso con un buen suministro de paciencia no es mal plan, ¿verdad?

La empatía no es suficiente

Últimamente se nos repiten las imágenes desgarradoras de cientos de personas huyendo de la muerte segura e intentado llegar a nuestras costas. También hemos visto el destino de las personas migrantes que llegan a EEUU y nos hemos indignado escuchando los llantos de criaturas separadas a la fuerza de sus progenitores. Ante esta situación, se dice que a la población de países privilegiados nos falta empatía, sobre todo a los gobernantes.

La empatía es la capacidad para ponerse en el lugar del otro, imaginar lo que está pasando en la mente y cuerpo de otra persona y sentirlo en nuestra mente y cuerpo, como si fuera nuestro. Sin embargo, esta capacidad por sí sola no trae ningún beneficio en situaciones de sufrimiento. Podemos hacer el ejercicio de imaginar qué se siente dentro de un barco a la deriva por el océano, y sentir ese sufrimiento en nuestra piel. Pero, ¿en qué les ayuda esto a las víctimas de graves injusticias?

La empatía necesita de acción, ya que, de lo contrario, se queda en simple contagio del sufrimiento. Además, la información sobre sufrimientos varios es constante en medios de comunicación y redes sociales, y es fácil sentirse abrumada y tener que mirar a otro lado para protegerse, o caer en el cinismo o la resignación. Por ello, tras imaginar y vivir el sufrimiento ajeno, la clave está en identificar aquellas acciones que están en nuestra mano para mejorar la situación y actuar. En eso se basa el concepto de Baketik que llamamos “el plus de la empatía”. En este caso tenemos un marco claro desde el que actuar: el de los derechos humanos. Todas las personas somos sujeto de esos derechos, que además son inalienables. Pongamos la vida y los derechos humanos en el centro de la acción.

La empatía es una capacidad de todos los humanos, como lo es el lenguaje o el caminar sobre dos pies. En ese sentido, no podemos decir que nos falta empatía: nos falta calibrarlo adecuadamente, afinarlo de forma más humana, para usarla a favor de un mundo más justo.

Derechos humanos: aclarando los claroscuros (III)

Vigencia y guía contra las injusticias

Debemos ser justos. Por primera vez en la historia nos hemos dotado de organismos internacionales que contemplan los derechos humanos y los mantienen en su agenda. Si bien es cierto que seguimos sumidos en guerras cada vez más deshumanizadas y siguen vulnerándose derechos humanos en muchos estados, incluso en estados democráticos que no han tenido problema en ratificar los tratados internacionales.

Pero de la misma manera, el repudio a la humillación y al maltrato físico, el rechazo a la privación de derechos… forman parte ya mayoritariamente de los fundamentos morales y éticos, más o menos aceptados como son la dignidad humana y el respeto de todos los miembros de la sociedad.

Por todo ello, aun haciendo justicia a través de un balance lleno de claroscuros, los derechos humanos mantienen su vigencia como elemento articulador en la lucha contra las injusticias, colocando en el centro el concepto de dignidad humana, la necesidad de justicia de las víctimas, señalándonos el propio marco de trabajo como un marco en construcción al que deberán sumársele nuevos derechos, ante la inevitable necesidad, además, de integrar demandas y reconocimientos que estuvieron fuera del marco cognitivo o de las sensibilidades de quienes los impulsaron cuando fueron alumbrados.

Derechos humanos: aclarando los claroscuros (II)

Contradicciones (II)

En el anterior post se presentaron dos contradicciones que los derechos humanos presentan, pero hay un tercero importante:

  1. Tienen sentido por sí solos, pero al tomar tierra hay que conectarlos con otros significados. Unido con lo anterior, es fácil que el discurso de los derechos humanos se quede en mera declaración de buenas intenciones, vacía de realidad y concreción. Hay dos ideas importantes que en el discurso de los derechos humanos suman significados y son importantes desde el punto de vista de la ética de la dignidad humana y su concreción:
    1. Por un lado, al concepto de igualdad le suma significación el concepto de reconocimiento de las diversas identidades y de la propia diferencia. La multiculturalidad, que ha pasado a ser característica de prácticamente todas las sociedades, la reivindicación de diversas identidades en el seno de las mismas, exigen el reconocimiento, previo o necesario para el ejercicio de la igualdad. Somos diferentes, y a la vez somos mucho más que las características que nos diferencian. En esto último es donde somos iguales.
    2. Por otro lado, el concepto de justicia también lleva de la mano el de equidad; difícilmente podremos hablar de dignidad humana dejando a parte de la humanidad al margen de los bienes, por lo que el concepto de redistribución, no puede quedar al margen del imaginario y plan de trabajo de los derechos humanos. No basta con garantizar el derecho a la vida, si no que aspiramos a vidas dignas.

Estos someros apuntes ponen de manifiesto las contradicciones y paradojas actuales en torno al trabajo de los derechos humanos.

Derechos humanos: aclarando los claroscuros (I)

Los Derechos Humanos, resultan un instrumento válido y tienen un potencial importante y no agotado en el desarrollo y lucha por una vida humana digna, que podríamos entender como la declinación del principio de dignidad humana. En los siguientes posts veremos primero desde sus contradicciones, y después desde los criterios que nos guiarán la acción.

Contradicciones

Los derechos humanos, como las monedas, tienen dos caras. Una ventaja lleva consigo una desventaja; un uso ético, un abuso. Es cierto que en su desarrollo se encuentra con innumerables dificultades y contradicciones, como no podía ser de otra manera al tratarse de una construcción social. El ser humano es limitado, por tanto, toda creación suya también lo será. El desarrollo imperfecto de los derechos humanos nos confronta con las propias limitaciones y contradicciones de un proceso que se mantiene en construcción y que nos obliga a articular nuestros valores éticos e imaginación constructiva para seguir avanzando.

  1. Inalienables, pero difíciles de garantizar. Características como la inalienabilidad de los derechos humanos, que suponen su independencia de cualquier Estado, resultan cuestionadas en el momento que ninguna autoridad, ninguna institución, logra siquiera garantizarlos en situaciones de graves vulneraciones. Junto a ello debemos tener en cuenta la creación y existencia de organizaciones supranacionales que escapan a día de hoy del control y soberanía de los Estados.
  2. Globalmente aceptados, pero también usados y abusados. De la misma manera, como consecuencia del proceso de globalización, éste ha jugado un rol importante en la difusión y extensión de manera global del lenguaje de los derechos humanos, constituyéndose en un lenguaje referencial tanto en valores como normas; y al mismo tiempo, siendo también objeto de instrumentalización política y uso y abuso del mismo por Estados y medios de comunicación.

La fuerza del diálogo

En conflictos difíciles es común que aparezcan voces que defienden que el diálogo no sirve para nada, que lo que hace falta es “mano dura” o como Baketik llama, el método de la fuerza. Exhibir músculo es el método en un conflicto destructivo. En este método, el verbo es imponer: todo se reduce a tratar de imponer una forma de ver el problema y sus salidas con el argumento de la fuerza. Provoca un escenario de vencedores y vencidos. En los conflictos más cercanos se asocia con la ruptura de límites, saltarse las barreras éticas de una relación y en los conflictos más graves se asocia con la violencia.

Quienes defienden este método argumentan que la propuesta de diálogo es falsa, contraproducente, ingenua e inútil. Esta visión se sustenta en desconfianzas, prejuicios y creencias o vivencias autoritarias.

Y es que el método del diálogo es en realidad sincero, constructivo, realista y útil.

El método del diálogo ayuda a encontrar opciones en las que los distintos intereses puedan ser tenidos en cuenta, se basa en la interdependencia, en el reconocimiento del «otro» y es alternativa a la exclusión. Tiene efectos preventivos, curativos, de desbloqueo y de reparación. Tiene, además, una contrastada capacidad transformadora de situaciones de violencia, enfrentamientos destructivos e injusticias. El diálogo es la columna vertebral de la convivencia y de unas relaciones humanas satisfactorias y sanas.

 En todo caso, el diálogo es algo más que una propuesta metodológica, implica confiar en lo mejor del ser humano y crear condiciones para que lo mejor del ser humano pueda actuar.

 ¿Con qué método te quedas?

Cómo me comunico

Nuestra forma de comunicarnos juega un papel clave en la forma en la que afrontamos los problemas de convivencia. La primera disyuntiva es comprobar si mi lenguaje en los conflictos es el diálogo o la fuerza. Trabajemos con la hipótesis de que nuestra herramienta principal es el diálogo.

Nos debemos preguntar entonces cómo dialogamos, porque el nuestro puede ser un diálogo de sordos. Se nos enseña a hablar, a leer, a escribir, pero paradójicamente no se nos enseña a dialogar o mucho menos a escuchar. Oír quiere decir percibir ruidos, sonidos, palabras. Escuchar es prestar atención a lo que se oye. Sin escucha no hay diálogo, sino sucesión de monólogos.

Analicemos nuestra disposición ante un conflicto. Ante un conflicto, alguien propone “Vamos a hablar”. Es una actitud positiva, sin duda, pero puede resultar insuficiente. Lo más habitual es que el escenario “vamos a hablar” se convierta en una escalada de réplica, contrarréplica y reproche, en un diálogo de sordos.

El escenario alternativo que requiere y posibilita un cambio de mentalidad es el escenario “Vamos a escuchar”.

La clave principal es comprobar si escuchamos. Para eso tenemos cinco reglas de oro: (1) Exponer sin juzgar, (2) escuchar sin replicar, (3) preguntar para entender, (4) destacar lo positivo y (5) unir lo mejor con lo mejor.

A las puertas de que la Declaración Universal de los Derechos Humanos cumpla 70 años

En nuestra tierra han sido muchos los derechos humanos violentados. Seguir luchando firmemente por ellos es una prioridad absoluta. En medio de Europa, en el siglo XXI y en nuestra sociedad, esta reivindicación mantiene plena su vigencia.

Los derechos humanos nos corresponden a todas las personas sin excepción, en virtud de nuestra dignidad humana. Cada persona tiene dignidad por su simple condición de ser humano.

La dignidad humana y los derechos humanos nos corresponden a todas las personas sin distinción de origen, raza, religión, sexo, cultura, lengua o ideología. También les pertenecen a quienes han cometido delitos o, incluso, crímenes terribles. Ahí está la grandeza de la Declaración Universal y del concepto de la dignidad humana. Tratar a todas las personas como personas, porque cada una de ellas es un fin. Los derechos humanos constituyen así un absoluto ético. Representan el principal proyecto del ser humano en la conducción de su vida social.

El objetivo de la paz necesita que en este terreno no demos un paso atrás. Con toda fuerza y firmeza debemos denunciar cada vulneración de derechos y con toda fuerza y firmeza debemos denunciar cada acto de parcialización de los mismos. La paz requiere la deslegitimación tanto de las vulneraciones de derechos como de su defensa parcial e interesada. No hay paz ni justicia con una mirada parcial a los derechos humanos. Sólo deshumanización personal y colectiva.

Tres compromisos éticos con las víctimas

Acompañamiento

Lo primero es la solidaridad. No podemos abandonarles, ni ignorar su situación, ni desentendernos del drama que han padecido. Como ciudadanos debemos personalizar nuestro apoyo a las víctimas teniendo en cuenta que cada caso representa una realidad diferente. Y colectivamente debemos socializar y visibilizar la solidaridad así como difundir una cultura de paz y humanización.

Desapropiación

Nadie puede ni debe apropiarse de la causa de las víctimas o pretender protagonizarla. La solidaridad con las víctimas tiene que ser gratuita y multilateral, debe ofrecerse y aceptarse con independencia de la razón política que cada cual defienda y sin otro motivo que el compromiso con la defensa de la dignidad humana.

Consenso

Es necesario comprometernos con la “no crispación” en relación a todo lo que tenga que ver con las víctimas. Comprometernos a que todo lo que hagamos en favor de las víctimas busque previamente el máximo consenso posible. Por y para las víctimas, debemos buscar lo que nos une frente a lo que nos divide.

Derechos de las víctimas

Los derechos de las víctimas son la verdad, la justicia y la reparación. Con estos nombres o con otros nombres, aquí y en cualquier otro sitio, se clasifican en tres bloques, tal como aparece en el cuadro: (1) un derecho moral  de reconocimiento de la dignidad y de restitución de derechos, (2) un derecho material de reparación, y (3) un derecho político de una memoria crítica del pasado. Este último tiene una importancia capital. Las víctimas son la viva expresión de lo que nunca debió ocurrir. Tienen derecho, al igual que cualquier otra persona o colectivo, a participar en el proceso de paz, y tienen un derecho específico: a que no se construya el futuro como si en el pasado no hubiera ocurrido nada.

El sufrimiento ya tiene de por sí bastante carga de absurdo; olvidándolo, lo empujaríamos al abismo de la irracionalidad más absurda.

A la par de esos tres derechos, lógicamente, existen tres deberes de la sociedad: (1) la obligación moral de reconocimiento de las víctimas, lo que conlleva primeramente el deber de escuchar, para identificar a todas ellas, y a continuación visibilizar su reconocimiento y dignificación; (2) la obligación de prestarles apoyo material; y (3) la obligación de una revisión crítica del pasado.

Obligaciones con las víctimas

¿Tiene alguna obligación la sociedad con las víctimas? Respondemos firmemente que sí. En nombre de dos principios: en nombre de la solidaridad y en nombre de la igualdad.

  • La solidaridad quiere decir que ofrecemos a quien lo necesita ayuda y apoyo. En una sociedad moderna como la nuestra, la solidaridad es un principio social vertebrador, y lo ha sido siempre. Y así está documentado desde antiguo.
  • La igualdad es un principio democrático que debe guiar el actuar político y la convivencia. Los ataques, los atentados, las torturas, lo traumas y las consecuencias de todos ellos han dejado en situación de inferioridad a la víctima: viudedad, orfandad, mutilaciones, minusvalía, traumas psíquicos, pobreza, falta de recursos económicos… Y la sociedad debe compensar todo eso, reparar.

La sociedad tiene un deber para con la víctima por ese doble principio.

Quiénes son las víctimas

La pregunta de “quiénes son las víctimas” es pertinente. ¿De qué se trata? De no generar un grupo de agraviados. Lo más habitual es dar una respuesta ideológica. Los más cercanos son indudablemente víctimas; los más alejados son víctimas que ponemos en duda.

Apliquemos un principio de solidaridad y un criterio expansivo y no restrictivo. Empecemos por admitir que hay víctimas y sufrimientos que desconocemos y que no tenemos la exclusiva del sufrimiento.

Víctimas son quienes han tenido la experiencia personal o familiar de un sufrimiento intenso, grave, radical o irreversible provocado –sin importar su causa, signo u origen– por la violencia, las violaciones de derechos humanos, las tragedias y las vejaciones, humillaciones o maltratos que se producen en una situación de conflicto destructivo.

El criterio metodológico para identificar a estas personas no consiste en prejuzgar ideológicamente. El criterio ético es escuchar y ponernos en el lugar del otro, en el lugar de todas aquellas personas que necesitan ser reconocidas como víctimas para que se desahogue y canalice constructivamente el dolor que han acumulado.

Ejes centrales para un afrontamiento constructivo del sufrimiento II

Pensamientos justos, la escucha de la conciencia. En la zozobra de la desolación cabalgan todo tipo de pensamientos e ideas. La persona que sufre tiene la necesidad de encontrar pensamientos justos que le permitan elaborar su sufrimiento de un modo constructivo para su vida. En ese trance la víctima cuenta con su conciencia y con la palabra de las personas que le acompañan. Salvo patologías, la conciencia siempre tiene en su nivel más hondo un pensamiento justo o una propuesta ética.

Sentido de proyecto, el significado de la dignidad humana. Tener proyectos de vida y optar por ellos es ejercer la capacidad de elegir. En lugar de permanecer atrapado o atado a la condición de víctima, optar por aquello que se quiere ser o por aquello que se quiere aportar en la vida es fundamental. Nos ayuda a entender nuestro sitio y nuestra misión en nuestra familia, en nuestro entorno, en la sociedad, en el mundo. Es una de las más grandes motivaciones para desembarazarse del victimismo.

Ejes centrales para un afrontamiento constructivo del sufrimiento I

Aceptación de lo perdido, la limitación. Lo que no se acepta, no se transforma y ni siquiera está en condiciones de ser elaborado. Aceptar no es ni refugiarse en las falsas expectativas o justificaciones, ni hundirse en la nostalgia o el resentimiento.Aceptar no es olvidar, es reconocer la nueva realidad de sufrimiento en que nos encontramos y asumir que esa realidad es una expresión más de la limitación de la condición humana. Lo más inexplicable de esa limitación es la muerte, que para ser afrontada necesita también aceptación. Aceptación de nuestra condición finita.

Sentido de vida vivida, el sentido del agradecimiento. Es probablemente el eje más importante para dinamizar el proceso. Con el sufrimiento siempre se pierde algo. Lo perdido totaliza. Parece imposible ver otra cosa que no sea la angustia de lo que ya no se tiene. Uno de los medios fuertes para salir de ese círculo cerrado es identificar, reconocer, valorar y agradecer el sentido de lo vivido, y todo aquello que se tiene ahora. El sentido de vida vivida, es decir, el sentido del agradecimiento, pone en camino y ofrece rutas de vida alternativas al victimismo.

Una herramienta y una condición previa para elaborar el sufrimiento

  • La principal herramienta: la paciencia. La paciencia es la suma de aguante y constancia para afrontar la adversidad. La soledad radical del sufrimiento es una montaña con dos vertientes: la debilidad provocada por el dolor, y la fortaleza de la paciencia para superarlo. La ascensión de esta montaña se afronta por la vertiente de la paciencia. La paciencia es la principal herramienta natural con que cuenta el ser humano para hacer frente al sufrimiento, porque es indispensable para no sucumbir ante los sentimientos de miedo a la muerte, de la angustia del pasado, de la ansiedad del futuro, o de las frustraciones del presente, y para buscar caminos alternativos.
  • Una condición previa: el proceso es intransferible. El proceso es personal e intransferible. Es necesario encontrar la voluntad, la determinación y la paciencia en uno/a mismo/a para querer recuperar el timón de la vida. El entorno y la solidaridad pueden ayudar creando condiciones favorables; pero en ningún caso suplen. Pensar que la solidaridad es el vehículo de recuperación es una falsa expectativa que pospone el desenlace de un proceso de superación de la victimización.

La lucha del relato

Tras un conflicto destructivo como el que hemos vivido en nuestra sociedad, uno de las principales luchas o batallas, en un sentido metafórico lógicamente, radica en el choque que se da entre los relatos, esto es, en lo que entendemos que ocurrió o ha ocurrido.

Cada relato tiene su parte objetiva pero también subjetiva, sin que está última tenga menor valor, pues es sobre ella sobre la que se ha construido el conflicto y sobre la que deberá seguir elaborándose la nueva convivencia. Y cada relato lógicamente tiene sus fieles y sus

Una reflexión pausada al respecto y una vista atrás a nuestra vida y la de la sociedad, nos demuestra a la claras que aunque algunos relatos puedan imponerse, los otros, no desaparecen. Incluso, los relatos no hegemónicos, ahondan más en sus posicionamientos y se van pasando de generación en generación. Así pues, parece más lógico y respetuoso que todos los relatos puedan tener su cabida y que no será ni hoy ni mañana posible un relato único. Ello supone que ¿toda narración es éticamente aceptable?. Obviamente no. Y esa quizás debería ser nuestra principal aspiración social respecto al relato: compartir uno que explicite que en nuestra sociedad, las ideas se antepusieron a las personas y que ello no debe volver a suceder.

Los ángulos de la verdad en las jornadas de paz

Este año se han celebrado dos actos dentro las jornadas anuales de Paz y convivencia de Urnieta: la charla del médico forense Paco Etxeberria sobre la la investigación que  está desarrollando para el Gobierno Vasco sobre la tortura en el País Vasco entre los años 1960 y 2013, y la obra de teatro “La mirada del otro” alrededor de los encuentros restaurativos, una iniciativa pionera en España, que tuvieron lugar en la denominada “vía Nanclares”, y que se desarrollaron de forma individual, en su mayoría en la cárcel de Nanclares de Oca (Álava) durante los años 2011 y 2012, con ex miembros de ETA y sus víctimas directas o indirectas .

Ambos actos despertaron un gran interés, en la medida que mostraban distintas porciones de la verdad que quizás han estado en la sombra. Sin embargo, la manera de presentar esas verdades ha sido muy diferente: el primero a través de la certeza casi irrefutable (el método científico es refutable por definición) que ofrece la ciencia, y el segundo a través de la subjetividad de la ficción basada en hechos reales.

El relato del pasado lo conforman distintas porciones de lo sucedido, contadas desde perspectivas muy diferentes, y no siendo excluyentes entre sí, a priori. Puede ser tentador señalar las vivencias y puntos de vista que faltan en esa porción, pero ya tenemos la experiencia suficiente como para saber que no hay relato alguno que consiga incluir a toda la realidad en su conjunto.

Siendo conscientes de esa limitación y aprendiendo de esas porciones de lo sucedido podremos acercarnos a un relato más completo y transformador.

 

Los aspectos más críticos del sufrimiento II

El principal obstáculo: el victimismo. El victimismo es la tendencia a anteponer la condición de víctima a cualquier otra vertiente de la realidad personal. Los comportamientos victimistas no nacen necesariamente de la propia víctima: pueden ser promovidos e incentivados por el entorno o por una solidaridad poco madurada. Es el principal obstáculo para superar porque se presenta como seducción y como única y mejor alternativa frente al desconsuelo. La solidaridad con las víctimas deberá tener presente que lo más importante es crear condiciones que ayuden a la víctima a liberarse de la victimización y del victimismo.

La gravedad del víctimismo: cuatro razones y cinco mensajes. Cuatro razones justifican la gravedad del victimismo:

-Es un encapsulamiento que aísla de la vida.

-Desconecta de los estímulos a los que debe responder la persona en la realidad.

-Presenta una falsa expectativa de recuperación que genera dependencia.

-Roba la autonomía personal insistiendo en cinco mensajes perversos:

  • “Estás exento del esfuerzo por la vida”.
  • “Tienes derecho a permanecer deprimido”.
  • “Aprovecha tus ventajas para eludir tus responsabilidades”.
  • “Acomódate porque eres protagonista”.
  • “No necesitas buscar más un sentido para la vida, ya lo tienes”.

Los aspectos más críticos del sufrimiento I

La comprensión del sufrimiento debe tener en cuenta una serie de aspectos básicos, pero críticos para conseguir afrontarlos constructivamente.

  • Lo elemental: aceptar el duelo. El sufrimiento es: amargura, angustia, resentimiento, nostalgia, odio, impulsos vindicativos… No es posible ser víctima sin pasar por algunos de estos sentimientos. Éste no es el problema; hay que pasar por un duelo que tiene estas características, y aceptarlo. Es inevitable y hasta necesario aceptar estos sentimientos cuando aparecen. El problema es que esto no sea una fase de un proceso sino la columna vertebral de una historia.
  • Lo más grave es la victimación, y lo más importante superarla. Cuando los sentimientos victimistas se conviertan en el motor que dirige la vida de la víctima de forma definitiva, hablamos de victimación: el bloqueo destructivo que un sufrimiento y el victimismo que le acompaña agazapado pueden llegar a producir en la vida de una persona. Lo más importante para una víctima es poder liberar su vida de la victimización. Comprender que la vida es más importante que el dolor que se siente.

El sufrimiento

Estamos genéticamente preparados para la empatía. Gracias a ella, sentimos en alguna medida como propio el sufrimiento del prójimo. Podemos elegir ser solidarios con las víctimas de cualquier injusticia. Una vez hecha esta opción, debemos desarrollarla tomando en cuenta algunas nociones.

  • Dolor y proceso. La palabra latina patientia tiene una doble acepción; por una parte, sufrimiento, pero también paciencia. El sufrimiento es, a la vez, el dolor mismo y la forma de sobrellevarlo.
  • Indeseable e inevitable. Lo más propiamente humano es luchar para vivir en condiciones de salud y de felicidad. Vivir para sufrir o para hacer del dolorismo un sentido de vida es sencillamente insano.
  • Anulación y posibilidad. Si sólo es padecimiento, dolor, pena… puede convertirse en anulación de la persona. Pero si es paciencia, proceso de elaboración personal, puede ser oportunidad de crecimiento humano.
  • Un sufrimiento original. Una característica del dolor: individualiza. Cualquier sufrimiento nos pone en contacto con nuestra soledad. Es un sufrimiento que también se denomina desamparo o angustia existencial.

Escucha de la conciencia

Todas las personas tenemos la capacidad de escuchar a nuestra conciencia y esta tiene siempre una respuesta ética a nuestra disposición. Escuchamos a la conciencia para tomar decisiones éticas.

Sabemos que la ética es importante, pero lo que no es tan fácil es actuar éticamente. A la hora de tomar decisiones, muchas veces sabemos qué es lo que tenemos que hacer pero eso no siempre es lo que nos conviene y en esas situaciones tendemos a autoengañarnos. Nos fabricamos argumentos que justifiquen lo que queremos hacer, nos los creemos y nos sentimos legitimados para hacerlo. En eso consiste la tranquilidad de conciencia. De este modo, hacemos de la ética un traje a nuestra medida.

La ética está relacionada con la dignidad humana; así podemos decir que la ética es el esfuerzo de la conciencia por responder a las exigencias que nos plantea el respeto a la dignidad humana.

En situaciones de conflicto, las elecciones que hagamos harán que este tenga una tendencia constructiva o destructiva. En dichas situaciones debemos decidir qué es lo primero, nuestro proyecto, nuestro objetivo o el respeto a la dignidad humana. Y esa decisión la tenemos que tomar escuchando a nuestra conciencia, sin trampas.

Aprendizaje del agradecimiento

En el pasado artículo hablábamos de la condición limitada de todos los seres humanos. Sin embargo, las personas no somos solamente limitación, afortunadamente.

La otra cara de la moneda de la limitación es el sentido de agradecimiento o lo que es lo mismo, la capacidad de identificar lo positivo en cualquier circunstancia.

Cuando tenemos un conflicto con alguien a quien apreciamos, en ese momento vemos sobre todo su parte negativa. Sin embargo, ¿por qué queremos  reconciliarnos con ella? Porque más allá de sus limitaciones, la voluntad de buscar aquello que merece ser agradecido me lleva a encontrar en ella todo lo que hay de bueno.

En los conflictos, el sentido del agradecimiento, más allá de lo que divide y desune, contribuye a identificar los acuerdos y las oportunidades; el primer consenso, los puntos en común y lo constructivo por delante de lo destructivo. Podemos decir, por tanto, que convivir significa promover las oportunidades entre las dificultades.

El sentido del agradecimiento permite depositar confianza en la vida y en los otros. Sin este depósito la vida enferma, la convivencia es inviable y la reconciliación choca con el muro de la desconfianza.

El aprendizaje de la limitación de la condición humana

Cuando tomamos conciencia de algunas situaciones de nuestro día a día, aprendemos de ellas. Podemos convertir nuestras experiencias en aprendizaje. En esta ocasión vamos a detenernos en nuestra condición limitada.

Todas las personas somos transitorias, imperfectas y ni lo sabemos, ni lo podemos todo. Pero a menudo, en las situaciones de conflicto, perdemos esa conciencia de limitación y creemos saberlo todo, estar en posesión de la verdad y así, actuamos desde el dogmatismo. Ese dogmatismo puede llevarnos a hacer daño, incluso a las personas que más queremos. Sin consciencia de nuestra limitación radical nos situamos fuera de la realidad.

El ser consciente de mi propia limitación es lo que me permite entender la de «los otros». Por eso, desde esta perspectiva es más fácil interpretar y entender que el mal que me causan los demás puede tener que ver con su realidad limitada. Esto no justifica el mal causado o el mal recibido pero sí puede explicarlo, me puede ayudar a entenderlo mejor, a relativizarlo y abrir una puerta a la reconciliación. Nos permite actuar más humildemente, entendiendo la humildad como el conocimiento de nuestras propias limitaciones y actuar conforme a ellas.

De cara al futuro perspectiva preventiva

En los números anteriores hemos venido hablando de lo que significa un proceso de reconciliación de la convivencia, y hemos dicho que es necesario abordar tres tiempos: pasado, presente y futuro.

De cara a abordar el futuro necesitamos compartir una mirada preventiva, para que lo que nos ha sucedido no vuelva a suceder. Necesitamos, por tanto, una nueva cultura de convivencia. Y es importante trabajar en el ámbito educativo.

La teoría que plantea Baketik, en este sentido, es que podemos aprender de nuestras propias experiencias. Si tomamos consciencia de dichas experiencias las podemos convertir en aprendizajes. Las experiencias que nos pueden ayudar son: limitación, agradecimiento, escucha de la conciencia, dignidad humana, empatía, diálogo, paciencia y amor. En torno a estos aprendizajes hemos trabajado y seguiremos trabajando con el profesorado de los centros escolares de Urnieta.

En el presente, humanización (I)

Humanización es la palabra que mejor describe la actitud que debe presidir el modo de afrontar el presente. Tres claves: determinación, cambio y empatía.

1. Determinación para encauzar un proceso de final ordenado de la violencia, de modo que sirva al objetivo de la reconciliación. Observaciones necesarias sobre el final ordenado de la violencia:

  • Es un final cierto, irreversible, declarado y plasmado en una fecha concreta, que se materializa sin contrapartidas políticas y que no impide una revisión crítica del pasado.
  • Conlleva un compromiso socio-político e institucional con la humanización y la paz social con dos criterios: (1) no añadir a la ley un plus de exigencias, humillaciones o vejaciones para quienes han puesto fin a la violencia; y (2) articular un conjunto de medidas legislativas, judiciales, penitenciarias y de gracia o indulto para los/as presos/as.

2. Cambio. El presente necesita un cambio de mentalidad y de actitudes. Ese cambio tiene mucho que ver con la desactivación de las inercias del pasado en el uso del lenguaje o en los marcos de interpretación hostil del diferente.

3. Empatía. Si no se ha hecho antes, el presente es el tiempo de la empatía compartida hacia todas las victimas: reconocimiento, reparación y solidaridad efectiva y afectiva. La inmediatez de la empatía y la solidaridad explícita con las víctimas de violaciones de derechos humanos.

La mirada al pasado

La mirada al pasado es afrontamiento compartido de lo sucedido e implica dos tareas. Primera, desvelar los hechos, lo que conlleva el conocimiento y reconocimiento del daño injusto provocado a todas las víctimas; y segunda, valorar estos hechos. Estamos hablando de realizar una revisión crítica, ética y prepolítica de lo sucedido. Conviene hacer tres precisiones:

  • Los hechos. Deben integrarse todos los sufrimientos, víctimas y violaciones de derechos humanos. El conocimiento y reconocimiento del daño provocado se refiere a todas las víctimas y no solo a las que sentimos más próximas. En este punto se juega definitivamente la viabilidad o fracaso de un proceso de reconciliación.
  • Los diagnósticos. Debe aceptarse que habrá diferentes formas de interpretar lo sucedido. No es posible un diagnóstico político compartido sobre las causas o la génesis de los hechos que componen nuestra historia reciente.
  • La valoración. Tenemos la obligación moral de compartir una valoración ética y prepolítica. Se puede y debe alcanzar un acuerdo sobre lo que no debe volver a repetirse, el «nunca más». Existe un mínimo para un consenso posible: «Lo sucedido ocurrió porque hubo quienes antepusieron el valor de su causa u objetivo al valor de la dignidad humana. Ni una sola causa política o partidaria, ni ninguna razón de estado tienen un valor absoluto que pueda situarse por encima del respeto a la persona y a la vida».

Objetivos y estrategia de la reconciliación

La reconciliación sirve para curar heridas personales, remendar desgarros sociales y prevenir divisiones destructivas. Un proceso de reconciliación combina distintos objetivos, con ámbitos de incidencia diferente.

  • El objetivo personalizado y urgente es reparar. Reconocer, aliviar y reparar en la medida de lo posible el daño producido a las víctimas.
  • El objetivo social y prioritario es humanizar. Remendar los desgarros que se han producido en el tejido social: recomponer las fracturas y divisiones, disolver odios y prejuicios, y favorecer el respeto, la aceptación mutua y el diálogo.
  • El objetivo político y estratégico es conciliar. Consolidar una convivencia conciliada porque se fundamenta en un suficiente consenso sobre el respeto a los principios democráticos de justicia, libertad, igualdad y paz.

El medio o la estrategia para alcanzar estos objetivos consiste en compartir una nueva forma de relacionarnos con el pasado, el presente y el futuro. Suscitar, recrear y poner en común una mirada crítica al pasado, constructiva al presente y preventiva al futuro. Estos tres tiempos constituyen los ejes del proceso de reconciliación.

¿Quién es el sujeto de la reconciliación?

Cuando hablamos de reconciliación, un error habitual suele ser pensar que es algo que corresponde exclusivamente a víctima y victimario. Nada más lejos de la realidad. El sujeto de la reconciliación es la sociedad y sus agentes representativos. No es un deber de las víctimas. Es una responsabilidad social. Las víctimas deben ser beneficiarias de este proceso, no cargar con su responsabilidad. Por eso decimos que la reconciliación es un proceso que nos compromete personal y socialmente. En este sentido, deben subrayarse dos criterios de realidad:

  • Eje. Cuando hablamos de reconciliación debemos acotar el campo. Nos estamos refiriendo a la vertiente social de la reconciliación de la convivencia, es su núcleo. La dimensión individual de la reconciliación forma parte de las opciones de libre decisión individual.
  • Proceso. La reconciliación de la convivencia en una sociedad que ha sufrido desgarros y divisiones en su tejido es un proceso complejo y difícil, necesita paciencia y una mentalidad realista de proceso y de progresión gradual. Es preciso avanzar paso a paso.

El reto de la reconciliación de la convivencia

En las últimas décadas, hemos vivido una experiencia sostenida de violencia, vulneraciones de derechos humanos, divisiones y crispación. Se trata de una vivencia social y políticamente traumática que debe ser elaborada y encauzada para evitar que una mala asimilación de la misma en el cuerpo social provoque en el futuro fenómenos reactivos no deseables.

Por ello, es necesario un proceso de reconciliación y de promoción de una nueva cultura de convivencia que consolide la paz, humanice nuestro presente, repare los desgarros del pasado y prevenga su repetición en el futuro.

Un proceso de reconciliación de la convivencia debe tener respuesta honesta para tres preguntas muy sencillas:

  • ¿Qué ha pasado y por qué?
  • ¿Qué podemos hacer ahora?
  • ¿Qué habría que hacer para que no vuelva a pasar?

Las respuestas a estas preguntas tienen que tener unas características muy concretas: tienen que ser claras, sencillas y fieles a la verdad, no pueden inducir al odio sino a la convivencia y deben prevenir la repetición de hechos similares.

Qué es y qué no es la reconciliación

La reconciliación es un término que crea recelos y equívocos. Tenemos ideas diferentes de lo que es la reconciliación. Es por ello que conviene aclarar qué es y qué no es la reconciliación. Una imagen extendida de la reconciliación es la de dos personas abrazándose después de haber tenido un conflicto. Y después de un conflicto destructivo como el que hemos vivido esa imagen suscita miedos.

El miedo de algunas personas es que la reconciliación sea amnesia y olvido cuando en realidad la reconciliación es recuerdo y memoria crítica. El miedo de otras personas es que la reconciliación sea venganza y ajuste de cuentas cuando lo que supone es generosidad y humildad.

En definitiva, después de una etapa de violencia, divisiones y conflicto destructivo, la reconciliación es el proceso que permite recuperar una convivencia basada en el respeto y la aceptación mutua. Por tanto, no significa volver a ser amigos, sino volver a respetarse y aceptarse. Implica una apuesta incondicional por la gestión pacífica y democrática de los conflictos y diferencias que afectan a nuestra sociedad.

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